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Espartaco No. 43

Marzo de 2015

¡Por movilizaciones sindicales contra la represión!

Ayotzinapa, el estado y la revolución permanente

¡Romper con el PRD/Morena/AMLO!

¡Forjar un partido leninista-trotskista!

A continuación imprimimos, editado para su publicación, el foro dado por nuestro camarada Sacramento Talavera en el Museo Casa de León Trotsky el 7 de febrero. Ese mismo fin de semana inició un paro y una serie de movilizaciones de maestros en Guerrero agrupados en la disidente CETEG, la Sección XIV del SNTE y el SUSPEG contra la retención de sus salarios por parte del gobierno estatal. La noche del martes 24 de febrero la Policía Federal arremetió contra una protesta de profesores, matando a golpes al maestro Claudio Castillo Peña, “camarada que tenía poliomielitis, el cual no podía defenderse ni correr, dado su estado físico y la edad que tenía”, según una declaración de la CETEG.

A los 43 desaparecidos de Ayotzinapa y a los seis baleados por la policía aquel 26 de septiembre, se suma una muerte más de un luchador social. Apenas este martes desapareció Gustavo Salgado Delgado, militante del Partido Comunista de México (m-l), quien trabajaba para mejorar las condiciones de vida de los jornaleros de La Montaña de Guerrero. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente en Morelos —un estado gobernado también por el PRD— y, según información de El País, estaba decapitado y desmembrado. Gustavo Salgado se añade a una lista de ya varios desaparecidos del PCM (m-l). Todo militante de izquierda, todo oponente de la explotación, toda persona con un mínimo de sensibilidad ante la situación de los oprimidos debería estar lleno de rabia ante todos estos sucesos.

La desaparición y, según todo parece indicar, horrenda masacre por parte del estado capitalista de los 43 normalistas guerrerenses ha ocasionado indignación por todo el país e internacionalmente. No deja de ser simbólico y aleccionador el que los gobernantes burgueses, coludidos con mafiosos, desataran de manera tan brutal toda la fuerza del aparato represivo para arremeter contra unas cuantas decenas de estudiantes combativos, pobres e indígenas que boteaban para poder venir a México a participar en la marcha de conmemoración anual de la masacre de Tlatelolco. Y no deja de ser simbólico tampoco el que fuera el PRD burgués el responsable directo de la nueva masacre, el partido que se identifica con el viejo PRI, el PRI del “nacionalismo revolucionario”, esa patraña burguesa que supuestamente inspiraba a asesinos de masas como Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez, entre otros.

Tras sacrificar algunos chivos expiatorios, recientemente el gobierno federal del no tan “nuevo” PRI ha dado por cerrado el caso con base en las declaraciones de unos cuantos narcos de poca monta, y de pasada enlodado la memoria de los normalistas masacrados. Como para añadir insulto a la injuria, he aquí la “verdad histórica” de la PGR: a los normalistas los mataron los narcos porque éstos creyeron que los estudiantes eran también narcos, pero de una mafia rival. Los padres de los desaparecidos declararon valientemente que van a mantener su lucha “hasta las últimas consecuencias”.

Con increíble cinismo, Peña Nieto externó su “pena” y su “dolor”, y declaró que “lo importante es no quedarnos parados, paralizados”. Y, en efecto, no han perdido tiempo. Apenas había dado su conferencia de prensa Murillo Karam cuando Osorio Chong informó que el gobierno federal había enviado a Guerrero fuerzas adicionales del ejército, la marina y la Policía Federal, porque “no se van a tolerar más hechos violentos protagonizados por ‘grupos radicales’”.

La indignación masiva en torno a Ayotzinapa ha detonado una nueva ola de lucha social, con las protestas más grandes que hemos visto en muchos años y que ciertamente le dejaron claro al gobierno que los normalistas no están solos. Y en el centro de las protestas han estado los combativos maestros. Un factor del descontento generalizado al cual la masacre de Ayotzinapa ha dado cauce es la ya añeja guerra burguesa contra la educación pública y gratuita, incluyendo la contrarreforma educativa dirigida sobre todo contra el sindicato del magisterio. Sin duda, la burguesía quiere dar una lección a los normalistas, vilificándolos e intimidándolos antes de que se unan a las filas del sindicato más grande de América Latina.

Las normales rurales emergieron de las reformas sociales en la secuela de la Revolución de 1910, especialmente en la década de los 30 bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas. Además de medidas progresistas como la expropiación petrolera y el reparto agrario, Cárdenas instituyó la efímera “educación socialista” en la constitución de 1934. Estas medidas fueron muy populares, ayudando a afianzar el apoyo para el partido gobernante, el PRM-PRI conforme consolidaba la estructura estatal corporativista. Para la burguesía, estas medidas tuvieron el efecto de aplacar el tumulto campesino y avanzar los intereses del capitalismo mexicano, incluso mediante el entrenamiento de esclavos asalariados más productivos.

Las normales rurales han estado bajo ataque durante mucho tiempo, carentes de fondos y en la mira de la policía. Antes de 1969 había 29 normales rurales; hoy día apenas quedan 17. Retratadas como “kínderes para bolcheviques” y “semilleros de guerrillas”, su crimen es proporcionar educación a los más pobres de los pobres. Los normalistas tienen toda una historia de radicalismo político, y se ven a sí mismos como los tutores de los obreros y campesinos mexicanos, y consideran la diseminación del conocimiento y la alfabetización bilingüe en las comunidades indígenas una responsabilidad social. Aunque no tienen una relación directa con los medios de producción, los maestros forman un vínculo clave entre el campesinado y el proletariado industrial urbano.

Los gobernantes capitalistas temen que de estas protestas surja un estallido verdaderamente masivo del descontento por mucho tiempo contenido, y en especial que se extienda a la clase obrera. A lo largo de estos ya más de cuatro meses, casi cada protesta en la Ciudad de México y Guerrero ha sido objeto de represión policiaca con decenas de detenciones, aunadas a las detenciones de activistas individuales, balaceras en la Ciudad Universitaria, etc. Desde noviembre pasado, en la secuela de la marcha del 20 de noviembre —hasta ahora la más numerosa, con varios cientos de miles de manifestantes—, el almirante Vidal Soberón, secretario de marina, despotricaba contra los “actos mezquinos de quienes, enmascarados, en grupos minoritarios y el rostro encubierto laceran nuestra nación”. El secretario de la defensa, general Cienfuegos, condenaba la “violencia” de los civiles y la “crítica infundada” al gobierno. Éstas son amenazas funestas de los más altos mandos militares que no se deben tomar a la ligera.

Hasta ahora, el movimiento se ha mantenido difuso y amorfo. Unidos momentáneamente por el repudio a la masacre, cada sector movilizado levanta sus propias consignas y demandas, y a menudo también sus propios prejuicios. La marcha del 20 de noviembre tuvo, en este sentido, un elemento un tanto surrealista: al lado de estudiantes pobres, campesinos y obreros marchaban monjas, ecologistas disfrazados de árboles, un pequeño contingente de masones gritando el lema de los Tres Mosqueteros, jóvenes que hacían performances cursis y meditación zen, muchas personas, sobre todo señoras, de apariencia acomodada que exigían simplemente “paz” e incluso unos cuantos arrogantes clasemedieros que no tenían escrúpulo en lanzar el epíteto racista y elitista de “naco” a sus compañeros de marcha más pobres y morenos.

Ante este panorama, muchos activistas están en busca del camino hacia delante. Y lo que se necesita urgentemente es una orientación proletaria revolucionaria.

El estado: Una máquina de represión

Una de las cuestiones más importantes que deben entender los militantes genuinamente motivados por la lucha hacia una sociedad igualitaria es la naturaleza del estado, y un par de anécdotas recientes sirven para dilucidar el tema. Ante la evidencia que revela la participación del ejército en la masacre, el día 12 de enero, compañeros y padres de los desaparecidos se presentaron a las puertas del 27 Batallón de Infantería en Iguala para exigir que se les dejara entrar a buscar a los estudiantes. Fueron recibidos a golpes y dispersados con gases lacrimógenos. Por otro lado, el miércoles 28 de enero miembros guerrerenses de la Coparmex tomaron el desayuno en Chilpancingo con el comandante de la 35 zona militar, quien les informó personalmente del arribo de al menos 3 mil soldados adicionales a Guerrero. Según el jefe local de la confederación patronal, “las fuerzas castrenses estarán al resguardo de la ciudad frente a los bloqueos y las manifestaciones ‘que nos están estrangulando’”. Esa misma tarde, un grupo de catorce estudiantes de la Escuela Superior de Educación Física fue detenido en la misma ciudad mientras simplemente viajaban a un encuentro de normalistas. Los jóvenes fueron perseguidos más de dos kilómetros, encañonados con fusiles AR-15 y trasladados a las instalaciones de la Policía Federal, de donde fueron liberados unas horas más tarde ante protestas de los normalistas y el magisterio.

Estos hechos ilustran un punto fundamental para los marxistas: el estado es una máquina de represión sistemática contra los obreros y los pobres al servicio de la clase dominante capitalista —la patronal—. Los gobiernos van y vienen, pasándose la estafeta entre PRI y PAN, el PRD hasta ahora al nivel local en diversos estados de la federación, y seguramente el Morena —ese otro partido populista burgués— logrará dirigir algún gobierno local pronto, pero el estado sigue siendo el mismo y sigue estando al servicio de la misma clase. De este estado no se debe esperar ninguna justicia para los pobres. A lo más, como hemos visto, se sacrificarán unos cuantos chivos expiatorios. Lo que sí habrá sin escatimar serán palos, gases lacrimógenos, cárcel y cosas mucho peores para los que no acepten el carpetazo de la “verdad histórica” decretada por los jefes policiacos y militares.

“Descomposición” del estado?

La masacre de Ayotzinapa puso al descubierto, de la manera más cruel, la ya bien conocida colusión entre el estado y las mafias del narco, así como el carácter espurio de la “guerra contra el narco”, que está dirigida contra los trabajadores y los campesinos. Los espartaquistas nos oponemos a esta “guerra” y consideramos elemental el llamado por la despenalización de las drogas. Al eliminar las enormes ganancias que derivan de la naturaleza ilegal y clandestina del narcotráfico, la despenalización reduciría el crimen y otras patologías sociales asociadas con éste. E igual de elemental es el que la población entera (no sólo los ricos, policías y criminales) tenga acceso a las armas de fuego para procurar protegerse de la odiosa irracionalidad social.

En los periódicos de la izquierda, en las marchas y foros sobre Ayotzinapa, se dice continuamente que el estado mexicano está en “descomposición”. Ojalá fuera cierto, pero el estado está vivito y coleando, movilizándose a diestra y siniestra. Esta frase de la “descomposición del estado” es engañosa y refleja ilusiones contrarias a los intereses de los explotados y oprimidos. Generalmente se usa en un sentido moral dada la colusión del estado con el narco y el carácter brutal de los gobernantes. Si bien no cabe duda de que los gobernantes capitalistas son inmorales desde el punto de vista del proletariado, lo que se propone con esta terminología es la regeneración ética y democrática del estado, con base en el entendimiento idealista del estado como una entidad neutral que existe para garantizar la convivencia armónica de los ciudadanos. Éste es un cuento para niños no muy vivaces; el estado es un instrumento de clase cuya función es precisamente la represión. Su núcleo son la policía, el ejército, los tribunales y las cárceles. En distintos países y momentos históricos, los estados podrán ser más o menos represivos según las necesidades de las burguesías nacionales a las que sirvan, según la fortaleza o debilidad de la propia burguesía, según el nivel de lucha social que enfrenten. Pero el estado consiste, a fin de cuentas, en destacamentos de hombres armados con el propósito de mantener a una clase social determinada en el poder.

Además, el término “descomposición” da a entender que el estado capitalista está en proceso de desmembramiento, de putrefacción, que se está desmoronando, como una casa de naipes. Eso no va a suceder. El estado burgués debe destruirse mediante una revolución socialista que eleve al poder a la clase obrera, remplazando al viejo estado con uno enteramente nuevo, un estado obrero.

“Fuera Peña Nieto”—¿Para remplazarlo con quién?

Una de las consignas más populares en el movimiento es la de “fuera Peña Nieto”, la cual impulsan activistas y organizaciones de la izquierda como una especie de panacea “unificadora” del movimiento. Ojalá Peña Nieto cayera, pero el problema fundamental con esta consigna es que otorga un endoso tácito a los rivales burgueses del PRI: el PRD y el Morena populistas tanto como el PAN clerical. Una variante más radical de la misma perspectiva es la consigna, retomada de los “cacerolazos” argentinos de principios de la década pasada, de “que se vayan todos”, pero el problema sigue siendo el mismo: ¿por qué medio y para remplazarlos con quiénes o con qué?

Muchos activistas, quizá la mayoría, señalan que el problema no es tal o cual gobernante individual, sino el “modelo económico”, es decir, el neoliberalismo salvajemente antiobrero y elitista y grotescamente servil ante los imperialistas. Esta perspectiva se mantiene en el marco de la política burguesa y sólo puede servir para llevar agua al molino del Morena de AMLO, otro político surgido de las filas del PRI. El Morena es un partido nuevo, que hace poco obtuvo su registro y no ha tenido aún oportunidad de mostrar la cara en el gobierno. Pero, ante el profundo descrédito del PRD —que ha conducido incluso a la renuncia de su fundador y “líder moral”, Cuauhtémoc Cárdenas—, seguramente pronto la tendrá. El Morena es otro partido nacionalista burgués, tan comprometido con el dominio del capital como el PRD, el PRI y el PAN. Y en cuanto a la represión, cabe recordar que fue AMLO, en su calidad de jefe de gobierno del DF, quien desató a la policía contra los campesinos de Atenco incluso antes que EPN, un hecho que se suele olvidar.

El nacionalismo burgués y las ilusiones en políticos y regímenes nacional-populistas han mantenido históricamente a la clase obrera mexicana atada a sus explotadores y siguen constituyendo el principal obstáculo al desarrollo de la conciencia de clase proletaria. Pero la historia ha mostrado profusamente que el nacionalismo burgués populista, incluso en sus variantes más izquierdistas como las personificadas en Lázaro Cárdenas o Hugo Chávez, es incapaz de proporcionar una mejora cualitativa en el nivel de vida de las masas o de romper genuinamente con los imperialistas, y ni hablar de eliminar la represión —baste recordar los ejemplos de la represión contra los ferrocarrileros en 1958-1959, Tlatelolco en 1968, el halconazo de 1971 y las décadas de “guerra sucia” en torno a esos años—. El nacionalismo populista es simplemente una forma alternativa de administrar el régimen de la explotación capitalista, que procura favorecer el desarrollo del capital nacional y para lo cual, dada la debilidad de la burguesía mexicana frente a los imperialistas, sobre todo los estadounidenses, requiere el apoyo de las masas obreras y campesinas. Es por ello que los populistas burgueses se ven obligados a otorgar algunas concesiones, pero sin jamás cuestionar el régimen mismo de explotación del trabajo por parte del capital. En tanto la perspectiva de la clase obrera se mantenga circunscrita a este marco burgués, estaremos confinados a un círculo vicioso entre regímenes neoliberales proimperialistas y los nacional-populistas.

“Poder popular” vs. poder proletario

Hemos encontrado que hay muchos jóvenes que están de acuerdo con nosotros en la estrechez de miras de la consigna de “fuera Peña Nieto” e incluso expresan acuerdo con nosotros en que el estado, que califican correctamente de capitalista, debe ser destruido, pero sostienen que el estado burgués debe ser remplazado por el “poder popular”, una noción vaga y aclasista. Este punto de vista tiene raíz en el entendimiento muy arraigado y fundamentalmente falso de la división de la sociedad en dos grupos o clases: los ricos y los pobres, o la burguesía y “el pueblo”. La burguesía es ciertamente una clase social, la de los dueños y grandes accionistas de los medios de producción, de las fábricas, de los bancos, de las grandes empresas de servicios, de las grandes explotaciones agrícolas. Es una clase diminuta, y los burgueses que realmente mueven los hilos de la política gubernamental constituyen un número ínfimo, unas cuantas familias. En México y todos los países del Tercer Mundo, la burguesía nacional es extremadamente débil en relación a las burguesías imperialistas —sus verdaderos amos—, y están atadas a éstas por infinidad de lazos.

Pero los pobres o “el pueblo” no forman una clase en un sentido científico, marxista. Dentro del “pueblo” hay todo tipo de capas distintas, con sus propios intereses y que a menudo entran en pugna. Por ejemplo, un campesino pobre, en tanto que productor individual para el mercado —aunque su producción sea muy poca—, compite con los demás campesinos y tiene un interés en la propiedad privada de la tierra y en el alto precio de los productos agrícolas. Un pobre urbano, por ejemplo un vendedor ambulante, tiene interés en que los productos agrícolas que consume sean lo más baratos posible. El “poder popular” o un “gobierno popular” es un espejismo.

Los obreros son también pobres, y en ese sentido siempre habrá una identificación con todos los demás. Pero los obreros, o proletarios, forman una clase social aparte, definida por dos características fundamentales: no tienen más que su fuerza de trabajo para vender y son los productores de toda la riqueza de la sociedad. Básicamente todo lo que consumimos ha sido hecho por obreros. Esto le da a la clase obrera un enorme poder social, que para la mayoría de los jóvenes en México, y muchas otras partes del mundo, tiende a ser una abstracción porque no forma parte de su experiencia de vida. Las protestas de los estudiantes, de los maestros, de los campesinos, del llamado movimiento urbano-popular pueden ocasionar problemas serios para los gobernantes capitalistas, y pueden servir como detonador para el descontento obrero, pero estos sectores de la heterogénea pequeña burguesía simplemente no tienen poder social.

Junto a lo anterior, su papel en el proceso productivo da a la clase obrera otra característica esencial: no tiene interés, como clase, en la propiedad privada. No se trata de idealizar la conciencia de los individuos. El punto aquí es que el proletariado como clase tiene el interés objetivo de deshacerse de los capitalistas parasitarios que expropian la producción social; su interés objetivo está en la colectivización de los medios de producción.

La clase obrera es una clase internacional. La misión histórica de la clase obrera es expropiar a todos los expropiadores. Ninguna otra clase comparte estas características, por eso la clase obrera es la única clase revolucionaria de nuestra época, y tiene la capacidad y el interés de movilizar tras de sí a todos los pobres, pues en la emancipación de la clase obrera está la semilla de la emancipación de todos los oprimidos.

Por eso los espartaquistas ponemos el énfasis siempre en la clase obrera, así como el título de este foro incluye el llamado “¡Por movilizaciones obreras en defensa de los estudiantes!”. Imaginen el efecto de una huelga de los trabajadores del metro, para no ir más lejos, en defensa de los normalistas. No decimos que sea sencillo lograr este tipo de movilización del poder social de la clase obrera. Las escasas movilizaciones convocadas por las burocracias sindicales leales al PRD capitalista —para no hablar de las venales burocracias priístas— han tenido un carácter puramente formal, y los burócratas se han esforzado, con éxito, por minimizar su impacto. Para que la clase obrera flexione su músculo en defensa propia y de todos los oprimidos, se debe forjar una nueva dirección clasista.

Un aspecto importante e inmediato de esta perspectiva centrada en la clase obrera sería la formación de guardias obreras de defensa en las movilizaciones estudiantiles y magisteriales. Ahora bien, la presencia de dichas guardias obreras en las movilizaciones no sería ninguna garantía contra la represión pero, en tanto que representantes del movimiento obrero organizado, harían pensar dos veces a la policía y demás autoridades capitalistas respecto de las consecuencias de la represión. Por otro lado, y sobre todo, este tipo de acciones podría abrir la perspectiva hacia la lucha obrera mucho más amplia y profunda.

¡Por un gobierno obrero y campesino!

Una de las cuestiones centrales que impulsan la lucha social es el anhelo por la democracia genuina, así como la emancipación nacional. Pero estos anhelos son canalizados hacia el populismo burgués y la fraseología de la “revolución democrática” y la “regeneración nacional”. La democracia burguesa es la democracia para los ricos y un engaño para los pobres. Este engaño es tanto más efectivo mientras más desarrollada esté la democracia, mientras más fuerte sea la burguesía y más estable sea su régimen. En los países atrasados como México, la “democracia” es una delgada capa de pintura que pretende ocultar el baño de sangre de la brutalidad policiaco-militar cotidiana. La única manera de eliminar la represión constante contra los pobres, de satisfacer sus aspiraciones a los derechos democráticos, de alcanzar su emancipación social y de romper genuinamente el yugo imperialista es la revolución socialista: la destrucción del estado burgués y la instauración de la dictadura del proletariado apoyada por el campesinado sobre la base de la colectivización de los medios de producción. Cuando los marxistas hablamos de un “gobierno obrero y campesino” queremos decir nada menos que eso: la dictadura del proletariado apoyada por el campesinado.

Pero la revolución en México no puede ser sino un paso en la revolución mundial. El proletariado mexicano en el poder necesitaría la ayuda inmediata de sus hermanos de clase, sobre todo en EE.UU., tanto para defender su revolución contra la agresividad imperialista como para siquiera empezar a trabajar concretamente en la eliminación de la miseria y atraso que aquejan al país, mediante la enorme riqueza industrial del vecino del norte. A su vez, una revolución obrera en México daría un enorme impulso a la lucha proletaria en EE.UU. a través del puente humano que constituyen los trabajadores migrantes; daría también un enorme impulso a la lucha de los negros contra su ancestral opresión, piedra de toque del capitalismo estadounidense.

Ésta fue, a grandes rasgos, la perspectiva de los bolcheviques de Lenin y Trotsky en la Revolución Rusa de 1917. El elemento indispensable y hoy faltante para hacerla realidad de nuevo es precisamente un partido como el de los bolcheviques. La historia ha mostrado que la autoemancipación de la clase obrera, y con ella la de los oprimidos del mundo entero, gira en torno a la cuestión de la dirección. El éxito o la derrota de la clase obrera en sus esfuerzos para lograr la victoria depende de la organización y de la conciencia científica de las masas en lucha, es decir, de la dirección revolucionaria. Los espartaquistas luchamos por construir partidos obreros leninistas-trotskistas, como parte de una IV Internacional reforjada, partido mundial de la revolución socialista.

“Asamblea constituyente” vs. revolución permanente

Las ilusiones en una democracia radical bajo el capitalismo a menudo se cristalizan en la consigna por una “asamblea constituyente”, una consigna que enarbolan las organizaciones que se reclaman marxistas al lado de los articulistas de La Jornada y el mismísimo Cuauhtémoc Cárdenas como su programa máximo hoy día. Un ejemplo de ello es el Movimiento de los Trabajadores Socialistas (MTS), una organización que dice ser trotskista y revolucionaria y llama por una “asamblea constituyente libre y soberana”. Esto ya de por sí es un poco sospechoso: ¿qué carácter “revolucionario” puede tener una consigna enarbolada por Cuauhtémoc Cárdenas? El MTS se desmarca de Cárdenas y otros al hablar de impulsar su asamblea “sobre las ruinas de estas instituciones —como el Congreso—” y de que debe organizarse “de manera independiente de los partidos de esta democracia asesina”. Todo eso suena bastante radical...excepto la consigna misma. La “asamblea constituyente” es un cuerpo parlamentario bajo el capitalismo; el llamado por tal asamblea es un llamado por un gobierno burgués. Los genuinos revolucionarios nos oponemos a este llamado como cuestión de principios porque está contrapuesto a una genuina estrategia revolucionaria basada en la revolución permanente, la cual nos enseña que no puede existir un gobierno burgués “revolucionario” (ver “Por qué rechazamos la consigna por una ‘asamblea constituyente’”, Spartacist [Edición en español] No. 38, diciembre de 2013).

La perspectiva del MTS es explícitamente etapista; es decir, primero luchar por una revolución democrática coronada por la asamblea constituyente y después los “socialistas del MTS” plantearían la necesidad de la revolución socialista. El MTS escribe en su periódico Tribuna Socialista (No. 10, 22 de enero) que “Para imponer esta perspectiva” de la “asamblea constituyente libre y soberana”, “será necesaria la movilización revolucionaria de los trabajadores y el pueblo y el desarrollo de sus organismos de democracia directa”. Pero, si la clase obrera se moviliza hacia la revolución con los pobres detrás, ¿por qué querría detenerse en una impotente “asamblea constituyente” en vez de tomar el poder en su propio nombre? Ése es precisamente el meollo del asunto: cada vez que ha sido convocado un cuerpo como ése en una situación de insurgencia proletaria, su propósito fue el de reunir las fuerzas de la contrarrevolución contra el proletariado y destruir sus organismos embrionarios de poder.

En el contexto de la revolución obrera que había estallado en Alemania a finales de 1918, Rosa Luxemburg argumentó poderosamente contra los intentos de la socialdemocracia de hacer abortar la revolución en favor de una asamblea constituyente:

“¿Qué se gana con ese cobarde desvío llamado asamblea nacional? Se fortalece la posición de la burguesía, se debilita al proletariado y se le engaña con ilusiones vacías, y se disipan y se pierden tiempo y energía en ‘discusiones’ entre el lobo y el cordero. En una palabra, les sirve a todos aquellos elementos cuya buena intención es estafar a la revolución proletaria para quitarle sus fines socialistas y castrarla hasta convertirla en una revolución democrático-burguesa.

“Pero la de la asamblea nacional no es una cuestión táctica, ni una cuestión de qué es más ‘fácil’. Es una cuestión de principios, de la percepción socialista de la revolución...

“La asamblea nacional es un legado caduco de las revoluciones burguesas, un cascarón vacío, un escenario de utilería de la época de las ilusiones pequeñoburguesas en el ‘pueblo unido’ y en la ‘libertad, igualdad, fraternidad’ del estado burgués”.

Así como oponemos a la quimera de la “revolución democrática” la revolución socialista, oponemos a la asamblea constituyente democrático-burguesa los soviets de obreros y campesinos. Estos soviets o consejos surgieron primero en Rusia en 1905 y de nuevo en 1917. Originalmente creados como organismos de la revolución, los soviets se convirtieron en los órganos de gobierno de la dictadura del proletariado. En lugar de ser amorfas “organizaciones de masas”, los soviets son corporaciones de trabajo legislativas y ejecutivas a la vez, organizaciones industriales que unifican las funciones de la industria y el gobierno y que representan un tipo de democracia infinitamente superior a la democracia burguesa.

Guerrero: Miseria campesina y brutalidad estatal

Los sucesos recientes han mostrado una vez más la realidad brutal del capitalismo mexicano, y no es coincidencia que haya sido en Guerrero, históricamente uno de los estados más pobres y atrasados del país y donde los gobernantes burgueses están acostumbrados a recurrir impunemente a la violencia. La región de La Montaña, habitada por indígenas de varias etnias, se encuentra entre las más pobres de América Latina. Según cifras de la década pasada, 46 por ciento de los indígenas del estado mayores de 15 años carecía de ingresos, la mitad de la población indígena era analfabeta y el 97 por ciento de la población de La Montaña carecía de drenaje; menos de la mitad de la población del estado contaba con electricidad y el 96 por ciento de la población indígena no tenía acceso a servicios de salud. Para la burguesía mexicana, los campesinos indígenas son simplemente población excedente.

Fue esta miseria y violencia estatal la que condujo a Lucio Cabañas —egresado de la normal rural de Ayotzinapa— a tomar las armas a finales de los años 60 y principios de los 70. Y estas cifras no han cambiado mucho en los últimos 50 años. En el reciente informe final de la Comisión de la Verdad del Estado de Guerrero, una comisión encargada de investigar la guerra sucia en el estado, se dice que en 1960 alrededor del 60 por ciento de la población de Guerrero era analfabeta, el 93 por ciento de las viviendas no tenía agua corriente y apenas el 23.5 por ciento tenía electricidad. Imaginen el contraste en aquellos años de auge del puerto de Acapulco entre el glamour de la bahía, donde John F. Kennedy —el demócrata asesino anticomunista de Playa Girón y los inicios de la Guerra de Vietnam— había pasado su luna de miel en la costa, y la miseria y brutalización constante de los campesinos a manos de la policía y el ejército a las órdenes de la mafia de caciques que históricamente ha dominado el estado. Recuerda el contraste de hoy entre la increíblemente lujosa Riviera Maya de Quintana Roo y las magras tierras donde habita la paupérrima población maya tierra adentro, aún orgullosa de su pasado y sobre todo de la memoria de su sublevación en la Guerra de Castas.

Hace poco el gobernador perredista de Guerrero, Ángel Aguirre, se vio obligado a renunciar a su cargo ante el escándalo por la masacre de Ayotzinapa. Hace tres años Aguirre había ya desatado las fuerzas represivas del estado contra los normalistas, acribillando a dos de ellos. Parece irónico que este mismo tipo ocupó el puesto de gobernador interino en 1996 ante la renuncia del priísta Rubén Figueroa Alcocer tras la masacre de Aguas Blancas en 1995, cuando 17 campesinos fueron acribillados en una emboscada policiaca. Y Figueroa Alcocer es el hijo de Rubén Figueroa Figueroa, cacique priísta, gobernador del estado y cabeza de la guerra sucia contra la guerrilla izquierdista de Lucio Cabañas que dejó un saldo de más de 600 desaparecidos. El informe citado antes recuenta cómo muchas centenas de militantes fueron arrojados al mar desde aviones después de haber sido torturados, como ocurrió también durante las dictaduras chilena y argentina.

La guerrilla del Partido de los Pobres llevó a cabo su acción más espectacular en 1974 con el secuestro de Figueroa Figueroa cuando éste era aún candidato del PRI a la gubernatura de Guerrero, lo cual propinó a los gobernantes capitalistas una humillación que jamás perdonaron. Tras su rescate y ya como gobernador, en 1976 este gorila, no contento con la muerte de Lucio Cabañas, violó a su viuda, según ella misma declaró a Proceso en 2003. Ésos son los gobernantes mexicanos. La viuda de Lucio Cabañas, Isabel Ayala, murió acribillada a balazos junto a su hermana en 2011 a las puertas de una iglesia en Acapulco, a donde iban a vender comida.

Es necesario poner un alto a la barbarie estatal capitalista. Nuestra respuesta, como marxistas revolucionarios, no es la vía guerrillera basada en la pequeña burguesía; mucho menos lo son las actuales “autodefensas” vigilantistas que hacen suyas las funciones del estado burgués, rondando en busca de presuntos “delincuentes” —incluyendo a consumidores de droga y supuestas prostitutas—. Nuestra respuesta es la movilización del poder social de la clase obrera, a la cabeza de todos los oprimidos, en la lucha por el derrocamiento revolucionario del régimen de explotación capitalista. En un momento de auge revolucionario, milicias obreras y de campesinos pobres implementarían la genuina autodefensa de las organizaciones obreras y campesinas, de sus movilizaciones, sus asambleas y su prensa, contra la brutalidad policiaco-militar burguesa. Estas milicias, subordinadas a los soviets, serían el embrión del nuevo estado proletario y ciertamente lidiarían también de manera firme y justa con la violencia de las mafias ligadas al estado que aqueja a las comunidades rurales hoy día. Estamos, pues, por nuevas revoluciones de Octubre alrededor del mundo como el primer paso hacia un futuro comunista sin clases y sin estado. No decimos que sea una meta fácil, pero es la única solución real, y vale la pena luchar por ella.■

 

Espartaco No. 43

Espartaco No. 43

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