¡Forjar un partido leninista-trotskista!
Se derrumba el régimen del PRI
¡Romper con todos los partidos burgueses: PRI, PAN, PRD!
¡Ninguna ilusión en el PRD nacionalista burgués, enemigo de explotados y oprimidos!

Reproducido de Espartaco No. 14, otoño-invierno de 2000.

Tras la victoria electoral de Vicente Fox Quesada del PAN, el próximo 1° de diciembre terminarán siete décadas de dominio del PRI (Partido Revolucionario Institucional). Después de su derrota electoral en la presidencia, el PRI ha perdido también una miríada de gobiernos municipales y gubernaturas, y se enfrenta ahora a una desbandada. Grupos internos del PRI exigen la expulsión de Zedillo, mientras que el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) anterior, casi en su totalidad, ha sido reemplazado. Los conflictos internos del PRI fueron externados de manera sangrienta por la trifulca en Chimalhuacán, Estado de México, entre dos fracciones priístas, Antorcha Popular y el grupo de “La Loba”, dejando un saldo de varios muertos, en una lucha por el control del municipio. El Ejército y la Armada se ven envueltos en distintos escándalos relacionados con el narcotráfico, mientras que varios ex funcionarios priístas enfrentan procesos penales o se encuentran prófugos. A su vez, el burgués nacionalista PRD quedó muy atrás en los resultados electorales, perdiendo algunos de sus bastiones más importantes. A duras penas consiguió conservar la jefatura de gobierno en la Ciudad de México. Ante su derrota, el PRD trata ahora de posar como una “oposición firme” al derechista y clerical PAN.

En reuniones con empresarios canadienses, Fox anunció sus planes de “apertura completa”; es decir, privatización de las industrias petroquímica y eléctrica, con perspectivas a formar un mercado común norteamericano al estilo de la Unión Europea. El imperialismo estadounidense está lejos de sentirse contento con la idea de un mercado común bajo esos términos. Y Fox encontrará muchos problemas al tratar de introducir sus planes proimperialistas en México. Según el periódico burgués perredista La Jornada (18 de agosto), 75 millones (es decir, cerca del 75 por ciento de la población) de mexicanos viven en la pobreza. Tras la ruptura de la huelga de la UNAM, que pola- rizó profundamente a la sociedad mexicana durante casi diez meses, la burguesía enfrenta aún el problema representado por la persistencia de la guerrilla campesina del EZLN y continuas manifestaciones de descontento entre la clase obrera, los campesinos, los maestros, los estudiantes y otros. La reciente huelga de VW —declarada inexistente por la Junta de Conciliación y Arbitraje—, la huelga de sobrecargos de aviación, requisada por el gobierno, la huelga de los azucareros del año pasado, la huelga en la compañía automotriz DINA, así como otras recientes y emplazamientos a huelga diversos, como el del STUNAM en demanda del 50 por ciento de aumento salarial, muestran que existe mucha efervescencia y ánimo de lucha en la clase obrera. Los trabajadores reconocen que han habido cambios importantes en la estructura política en México y tienen grandes expectativas de finalmente satisfacer las necesidades diarias para ellos y sus familias. Pero cualquier ilusión en que la elección del PAN es una indicación de las “convicciones democráticas” de la burguesía es una ilusión mortal. En este país no puede existir ninguna democracia burguesa estable. La debilidad de la propia burguesía mexicana, subordinada al imperialismo y tratando de controlar al proletariado, le impide darse ese lujo, propio de las burguesías de los países desarrollados.

Los espartaquistas guiamos nuestra lucha por la revolución socialista en México mediante la perspectiva trotskista de la revolución permanente. Los países de desarrollo capitalista atrasado, como México, se caracterizan por un desarrollo desigual y combinado, en donde las formas más modernas de explotación capitalista coexisten con los métodos de producción más primitivos. La burguesía nacional es simplemente demasiado débil y subordinada al imperialismo como para resolver tareas democráticas elementales, como la solución del problema agrario, los derechos de la mujer, la educación gratuita, la emancipación nacional, etc. En contraste, el imperia-lismo ha creado un poderoso y joven proletariado, cuyos números y cohesión han crecido junto con la inversión imperialista. El capitalismo genera así a su propio sepulturero. Corresponde al proletariado satisfacer esas demandas democráticas mediante la instauración de su propio régimen de clase proletario a través de una revolución socialista, arrastrando tras de sí a las masas de pobres y oprimidos del campo y la ciudad, luchando por extender la revolución internacionalmente, especialmente al poderoso proletariado multirracial estadounidense.

Muchos de quienes votaron por el PAN lo hicieron con tal de sacar al PRI de la presidencia, y no por devoción a la política derechista y reaccionaria de este partido, principal vocero del llamado “neoliberalismo”. La burguesía y sus medios de comunicación tratan de pintar la llegada del PAN al poder como la consolidación de la “democracia” en México. En realidad, el triunfo del PAN presagia ataques frontales contra los trabajadores, las mujeres y las minorías. Un acalorado debate a nivel nacional ha hecho erupción sobre los ataques del PAN en torno al aborto. Así, desde Baja California —con el caso de Paulina, la adolescente que fue obligada por el gobierno panista y la iglesia a dar a luz a un niño producto de una violación— hasta Guanajuato —con las reformas que penalizaban el aborto en casos de violación, finalmente vetada por el gobernador ante la presión de la opinión pública—, la política reaccionaria y misógina del PAN se está haciendo sentir. Mientras tanto, tratando de aprovechar la situación para recuperar los adeptos que ha perdido, el PRD ha adoptado una pose de “amigo” de las mujeres, mediante la introducción de la llamada “Ley Robles”, que acepta como casos de aborto legal cuando haya malformación del producto y peligro para la mujer. La tímida y patética oposición del PRD al PAN y a la iglesia ni siquiera empieza a dirigirse a las necesidades de las mujeres en el México de hoy. Reconociendo la estrechez de las mismas, defendemos estas leyes contra los ataques de los reaccionarios. Pero, a pesar de su ocasional retórica “populista”, el PRD es un partido burgués, sostén del sistema de explotación capitalista y dominio imperialista. Los espartaquistas luchamos por: ¡Aborto gratuito para quien lo solicite! ¡Plenos derechos democráticos para los homosexuales!

La opresión de la mujer tiene raíz en el sistema de explotación capitalista y, por tanto, darle fin no es una tarea separada de la lucha por la emancipación proletaria. La lucha por la emancipación de la mujer tiene un carácter estratégico para la revolución socialista en México, donde la inversión imperialista ha integrado a cada vez mayores números de mujeres al proceso productivo como proletarias, sobre todo en las maquiladoras del norte del país. Ganándolas al programa de la revolución socialista, estas mujeres proletarias serán combatientes de vanguardia por la emancipación social de todos los trabajadores y oprimidos en México. ¡Liberación de la mujer mediante la revolución socialista! (ver artículo “¡Aborto libre y gratuito!” en este mismo número).

El proletariado mexicano debe pasar de ser una clase en sí; es decir, una definida simplemente por su relación con los medios de producción, a una clase para sí: consciente de que debe tomar el poder y crear una sociedad socialista donde quienes trabajan gobiernen. El instrumento indispensable para forjar esta conciencia en la clase obrera es un partido leninista-trotskista. El principal obstáculo en México a la adquisición de la conciencia revolucionaria en el proletariado es la ideología del nacionalismo burgués impulsada desde la Revolución Mexicana, que pretende borrar la división fundamental de la sociedad en clases con intereses antagónicos, presentando a explotadores y explotados como simples “mexicanos” oprimidos por el imperialismo yanqui. El Grupo Espartaquista de México, sección de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista), se ha fijado el objetivo de forjar un partido revolucionario internacionalista capaz de dirigir a la clase obrera al poder.

¡Romper el grillete corporativista

sobre los sindicatos!

En México la principal central obrera, la Confederación de Trabajadores de México (CTM) ha permanecido atada directamente al estado capitalista a través del partido que estuvo en el poder por más de 71 años, el PRI, el partido oficial gobernante que ha apuntalado su dominio con la mitología de la Revolución Mexicana, tratando de aparentar ser el partido que representa al pueblo mexicano y sus intereses.

El corporativismo es la organización de la sociedad dentro de corporaciones o “sectores” sociales. En México, los sindicatos de la CTM son parte orgánica de un partido político burgués, el cual, además, fue durante décadas el partido gobernante de un estado esencialmente unipartidista. Desde el tiempo en que surgieron estuvieron intrínsecamente subordinados al partido gobernante de la burguesía. Nos oponemos al corporativismo como una de las formas más abiertas de subordinación del proletariado a la burguesía. El corporativismo mexicano atañe a todos los sindicatos, no sólo a la CTM y demás sindicatos priístas. Las mismas leyes del Artículo 123 se aplican a todos los sindicatos, como hemos visto muy concretamente en el caso de la huelga reciente en Volkswagen, declarada “inexistente” por la Junta de Conciliación y Arbitraje. Aquí vemos que al final el estado regula la vida de todos los sindicatos, no sólo los de la CTM. A pesar del resquebrajamiento del corporativismo priísta, no ha existido por parte del proletariado una lucha abierta al control de la clase capitalista. Esto se debe a la hegemonía del nacionalismo burgués en la clase obrera, apuntalado por las burocracias sindicales, los lugartenientes del capital en el movimiento obrero. Como explicamos en Espartaco núm. 10: “Pero en la ausencia de un partido revolucionario luchando por la independencia política de la clase obrera, los trabajadores y sus organizaciones continuarán siendo juguetes para las ambiciones parlamentarias de los políticos burgueses nacionalistas. Mientras Cárdenas busca generar una cara más ‘populista’ y ‘nacionalista’ para el régimen de la austeridad burguesa, puede contar con el apoyo de los sindicatos ‘independientes’.”

Los burócratas sindicales de la CTM dirigen típicamente con el puño de acero de la represión. Los sindicatos llamados “independientes” son, de hecho, más democráticos, y nosotros los marxistas ciertamente no somos indiferentes a eso. Sin embargo, estos líderes de los sindicatos “independientes” atan a los trabajadores a la burguesía mexicana a través de otros medios, mediante la ideología del nacionalismo e ilusiones en la reforma “democrática” del estado capitalista. Los revolucionarios buscamos intervenir en los sindicatos para remplazar a las direcciones burocráticas y nacionalistas con una dirección opuesta a todos los partidos de la burguesía.

En su folleto “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista” (1940), Trotsky explica:

“Como en los países atrasados el papel principal no lo juega el capitalismo nacional sino el extranjero, la burguesía nacional ocupa, en cuanto a su ubicación social, una posición muy inferior a la que corresponde al desarrollo de la industria. Como el capital extranjero no importa obreros sino proletariza a la población nativa, el proletariado nacional comienza muy rápidamente a jugar el rol más importante en la vida nacional. Bajo tales condiciones, en la medida en que el gobierno nacional intenta ofrecer alguna resistencia al capital extranjero, se ve obligado en mayor o menor grado a apoyarse en el proletariado. En cambio los gobiernos de países atrasados que consideran inevitable o más provechoso marchar mano a mano con el capital extranjero destruyen las organizaciones obreras e implantan un régimen más o menos totalitario. De modo que la debilidad de la burguesía nacional, la ausencia de una tradición de gobierno comunal propio, la presión del capitalismo extranjero y el crecimiento relativamente rápido del proletariado corta de raíz toda posibilidad de un régimen democrático estable. El gobierno de los países atrasados, o sea coloniales o semicoloniales, asume en general un carácter bonapartista o semibonapartista. Difieren entre sí en que algunos tratan de orientarse hacia la democracia, buscando el apoyo de obreros y campesinos, mientras que otros implantan una cerrada dictadura policíaco-militar. Esto determina también la suerte de los sindicatos: o están bajo el patrocinio especial del estado o sujetos a una cruel persecución. Este tutelaje del estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas del imperialismo, y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo el control de una burocracia.”

En parte, Trotsky escribió lo anterior basado directamente en el caso de México en ese tiempo. Muchos mexicanos miran con nostalgia las reformas realizadas bajo Cárdenas. Lo que es importante entender, sin embargo, es precisamente la continuidad del estado mexicano actual con el periodo de Cárdenas. En su folleto, Trotsky está describiendo la estructuración social en México bajo Cárdenas. Durante cincuenta años nada cambió esencialmente en la forma en que los sindicatos y el estado mexicanos están organizados y cómo funcionan.

Trotsky explica que el hecho de que el papel principal en los países coloniales y semicoloniales lo desempeña no el capitalismo nativo, sino el imperialista, no niega sino que, al contrario, refuerza la necesidad de los lazos directos con el estado. Esta es la base social más importante del carácter bonapartista y semibonapartista de los gobiernos de las colonias y los países atrasados en general. Trotsky enfatiza:

“¿Significa esto que en la era del imperialismo la existencia de sindicatos independientes es, en general, imposible? Sería básicamente erróneo plantear así esta cuestión. Lo que es imposible es la existencia de sindicatos reformistas independientes o semiindependientes. Es muy posible la existencia de sindicatos revolucionarios que no sólo no sean agentes de la política imperialista sino que se planteen como tarea directamente el derrocamiento del capitalismo dominante. En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser, en la práctica, los organismos de la revolución proletaria.

“En realidad, la independencia de clase de los sindicatos, en cuanto a sus relaciones con el estado burgués solamente puede garantizarla, en las condiciones actuales una dirección de la Cuarta Internacional.”

Revolución permanente

vs. nacionalismo cardenista

Ante el fin del dominio del PRI, México está pasando por cambios políticos importantes. Para los marxistas revolucionarios, es necesario obtener las lecciones del pasado para comprender el presente y poder dirigir las luchas del proletariado a la victoria.

La Revolución Mexicana de 1910-20 fue una confirmación por la negativa de la teoría de Trotsky de la revolución permanente. Las relaciones políticas y sociales en el país estaban insuficientemente maduras para poner al proletariado en el poder como el dirigente de las masas populares. Por tanto, la Revolución Mexicana produjo sólo resultados muy parciales dirigidos enteramente en contra de las masas obreras. Los constitucionalistas, los burgueses triunfantes que emergieron de la revolución fueron incapaces de realizar los propósitos de una revolución nacional democrática. Tenían que enfrentar no sólo la oposición de las alas recalcitrantes de la burguesía y la iglesia católica, sino al reto constante del proletariado en las ciudades y el campesinado empobrecido en el campo, zigzagueando continuamente en cuanto a su política respecto al imperialismo estadounidense. Hacia el final de la Revolución Mexicana, el capital estadounidense había, de hecho, fortalecido su grillete económico sobre el país a expensas de sus rivales imperialistas.

Tanto para alcanzar la victoria en la guerra civil contra Villa y Zapata, como para consolidar su dominio en la secuela de la revolución, los constitucionalistas tuvieron que apoyarse en el proletariado para obtener un apoyo político y militar —al mismo tiempo subordinando políticamente a la clase obrera a su dominio—. La primera federación obrera mexicana post-revolucionaria, la Confederación Regional de Obreros de México (CROM) ilustra este punto.

La convención de fundación de la CROM fue convocada y financiada bajo los auspicios del gobierno para minar a la Casa del Obrero Mundial. Mientras que el programa de la CROM aprobado en dicha convención se oponía a cualquier cooperación con el gobierno (¡!), bajo la dirección de Luis Morones, la CROM rápidamente se convirtió en un aliado servil del gobierno —dependiente de los subsidios del gobierno a manera de “coutas”—.

Poco después de haber fundado la CROM, en 1919 Morones y sus secuaces lanzaron el Partido Laborista Mexicano (PLM), para apoyar la candidatura presidencial del general constitucionalista Alvaro Obregón. Pero aun antes de que el PLM fuese proclamado, la CROM había negociado con Obregón un acuerdo para que éste creara una secretaría del trabajo dirigida por “una persona cercanamente identificada con los intereses de los trabajadores” y que a la CROM se le otorgaría un estatus y acceso especiales para recibir apoyo y facilidades estatales. Durante la competencia electoral de 1920 la CROM dio apoyo militar a Obregón en su lucha exitosa para eliminar a su rival, el presidente Venustiano Carranza, quien huyó de la Ciudad de México y poco después fue ejecutado por tropas leales a Obregón.

Una vez en el poder, Obregón no cumplió su promesa de una secretaría del trabajo. No obstante, dejó muchos departamentos gubernamentales bajo el control de la CROM y el PLM, y permitió que los jefes de estos departamentos recaudaran “contribuciones espontáneas” de sus empleados para beneficio directo del PLM y la CROM, incluyendo especialmente a sus dirigentes. Al mismo tiempo, Obregón presurosamente creó el Partido Nacional Agrarista (PNA) como un contrapeso del PLM.

En 1924 hizo erupción un nuevo enfrentamiento armado dirigido por Adolfo De la Huerta, antiguo aliado de Obregón, cuando éste decidió designar a Plutarco Elías Calles como su sucesor, quien era considerado por hacendados y jerarcas católicos un “radical”. Obregón había perdido popularidad en el ejército debido a cortes en el presupuesto militar.

Los obregonistas ganaron una victoria sobre De la Huerta debido al apoyo estadounidense —los obregonistas recibieron armas, mientras que las fuerzas de De la Huerta fueron sujetas a un bloqueo—. Además, Obregón tenía el apoyo de milicias campesinas organizadas en el Partido Nacional Agrarista y obreros armados de la CROM. Junto con regimientos del ejército leales al régimen, aplastaron la revuelta a un costo de 7 mil muertos.

Similarmente, Calles movilizó a los campesinos agraristas para ayudar a aplastar a las guerrillas fundamentalistas católicas de la Cristiada, al tiempo que usaba su control sobre la CROM de Luis Morones como base de apoyo contra fracciones burguesas rebeldes y contra toda disidencia obrera. Durante el régimen de Calles, la CROM acordó un “pacto social” con el estado: a cambio de curules, puestos en el gobierno y la aprobación del gobierno en campañas de organización sindical, la CROM asistió en la persecución de izquierdistas y disidentes y la ruptura de huelgas, como la de ferrocarrileros en 1926.

Calles buscó exitosamente enfrentar entre sí a sectores de la clase obrera cuando, en 1928, la dirigencia de la CROM, desacreditada por su tan cínicamente abierta colaboración de clases, buscó mejorar su reputación ante los ojos de la clase obrera, renegando de su “pacto social” con el gobierno; el gobierno respondió cortando los fondos de la CROM y apoyando —durante un periodo muy efímero— a grupos obreros disidentes. Los conflictos desembocaron en enfrentamientos armados entre la CROM y los grupos obreros disidentes. Calles, a través de su títere Emilio Portes Gil, atacó a los últimos. Con la Cristiada sofocada, cualquier amenaza de su mentor, antiguo jefe y rival Obregón eliminada, y las relaciones con el imperialismo estadounidense estabilizadas, Calles necesitó muy poco a la muy comprometida CROM/PLM. Entonces buscó marginarla y eliminarla de una posición influyente en el gobierno.

En 1929, Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR) reclamando ser el partido “de la Revolución”, disciplinando y coptando en él a la mayor parte de las fracciones rivales burguesas. Se dio inicio a la breve época conocida como el “maximato”, en la que los presidentes sucesivos no eran sino marionetas de Calles.

La depresión mundial de finales de los años 20 representó una catástrofe a nivel internacional en los países capitalistas (la economía colectiva planificada del estado obrero degenerado soviético no fue afectada). Las economías de países que se encontraban subordinados al imperialismo fueron golpeadas de manera particularmente fuerte, y tal fue el caso de México bajo el yugo del imperialismo estadounidense. El número de desempleados en México se triplicó entre 1929 y 1933, mientras que el salario mínimo no alcanzaba a cubrir más que un tercio de las necesidades básicas de las familias obreras.

El nuevo “Plan Sexenal” de 1933 reflejaba la preocupación de la burguesía ante un alza en las luchas de la clase obrera, poniendo énfasis en la reducción de la dependencia económica de México ante los EE.UU., con una perspectiva de reformas sociales que tenían como meta aminorar el descontento obrero. Fue así como se designó al General Lázaro Cárdenas, uno de los voceros de las reformas sociales, como sucesor del “Jefe Máximo” Calles.

Muchos obreros y pobres de la ciudad y del campo ven en Lázaro Cárdenas a una figura “progresista” y “antiimperialista”; sectores de la burguesía “populista” invocan su nombre ante los obreros. En realidad, el “legado” de Cárdenas consistió en la consolidación del régimen burgués mexicano. Fue Cárdenas quien retomó al PNR de Calles y lo transformó de una máquina de poder personal en un instrumento capaz de organizar a las fuerzas políticas de México en una estructura corporativista.

Cárdenas no era ningún socialista ni antiimperialista; de hecho, al final de su gobierno, en 1940, la economía mexicana dependía de los EE.UU. más que nunca antes en la historia. Su intención fue modernizar al país para beneficio de la burguesía mexicana, y nunca poner en cuestión el dominio de ésta. Para ello, ante la debilidad de la burguesía nativa, requirió —como sus predecesores Obregón y Calles— el apoyo de la clase obrera contra las fracciones burguesas opuestas a las reformas nacionalistas y contra las pretensiones excesivas de los imperialistas. Desde la Revolución Mexicana, la burguesía ha empleado el nacionalismo, el anticlericalismo oportunista y un matiz socialista en su retórica populista como ariete ideológico para consolidar su poder contra las fracciones en competencia y justificar su represión contra luchas obreras y sublevaciones campesinas (ver el artículo “Un análisis marxista de la Revolución Mexicana de 1910” en Espartaco, núm. 12, primavera-verano de 1999); Cárdenas fue simplemente su mejor exponente.

Cárdenas buscó minar a Calles y a sus otros rivales ganando apoyo en el seno del PNR y el ejército. También buscó reparar las relaciones del estado con la iglesia, nominando como secretario de agricultura a un general católico, Saturnino Cedillo —quien más tarde encabezaría una sublevación rápidamente aplastada, financiada por el imperialismo británico—. Incluso la famosa “educación socialista”, instituida en la Constitución dos meses antes de que Cárdenas llegara al poder, no tenía otro objetivo que elevar la educación de los pobres y trabajadores para hacerlos más aptos para el trabajo asalariado eficiente y más productivos para la burguesía. Buscó ganar para sí el respaldo de los obreros, tomando su lado en luchas importantes para ganar su confianza y poniéndolos bajo el control de una férrea burocracia —la burocracia cetemista—. Un ejemplo ilustrativo de esto fue un conflicto estallado en Monterrey en febrero de 1936, donde el sindicato de la Vidriera Monterrey estalló una huelga en demanda de un nuevo contrato colectivo. Los patrones de inmediato lanzaron una campaña anticomunista contra los obreros. Cárdenas mismo viajó a Monterrey, donde otorgó su respaldo a los obreros y dio un ultimátum a los patrones: si estaban cansados por la lucha social, podían entregar sus fábricas a los obreros o al gobierno.

Cárdenas hizo numerosos llamamientos a que los trabajadores se organizaran en una central única —bajo su influencia—, con la perspectiva de coptar a esa central en su proyecto de partido de “sectores”: militar, obrero, popular y campesino. Esta es una ilustración del bonapartismo corporativista. Al mismo tiempo, se opuso a que las centrales obreras organizaran a campesinos, tratando de organizar a estos últimos directamente como un contrapeso a los obreros. Fue así como en 1938 surgió el antecesor del PRI, el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), fundado por el antiguo Partido Nacional Revolucionario (PNR), la CTM y los demás “sectores” campesino, militar y “popular”.

Al final de la Depresión, las inversiones petroleras imperialistas se estaban concentrando en Venezuela, por lo que aún seguía habiendo despidos masivos en México. En 1935, los obreros de Tampico se fueron a huelga general tres veces en solidaridad con los petroleros. Y las huelgas continuaron hasta 1940, cuando Cárdenas desató la fuerza del estado para reprimir a los huelguistas de la antigua refinería de Azcapotzalco. Fue en ese contexto que Cárdenas expropió el petróleo. La expropiación de los ferrrocarriles se dio en un contexto similar. En mayo de 1936, 45 mil obreros ferrocarrileros se fueron a huelga. La huelga fue declarada ilegal por la Junta de Conciliación y Arbitraje, y fue suspendida ante la amenaza de intervención por parte del ejército. Por todo el país hubo una ola de mítines en protesta contra el gobierno y en solidaridad con los obreros. Al mes siguiente, la recién fundada CTM organizó un paro nacional de 24 horas como protesta a la represión contra la huelga ferrocarrilera. Se paralizó la economía: no hubo transportes ni energía eléctrica. Un año después, Cárdenas expropió los ferrocarriles.

En agosto de 1936 estalló una huelga de peones agrícolas en la Comarca Lagunera, con la participación de más de 20 mil trabajadores, entre los cuales el Partido Comunista tenía cierta influencia. Para octubre de ese año, el gobierno de Cárdenas emitió un decreto expropiando y repartiendo las tierras de dicha comarca e instituyendo las bases para la reforma agraria. Para consolidar el dominio burgués nacional, era necesario disciplinar al movimiento obrero. Pero, en la medida en que la burguesía mexicana buscaba frenar un poco las exigencias imperialistas, necesitaba el apoyo de los obreros. La hipocresía “socialista” de Cárdenas tenía ese objetivo: detener cualquier posibilidad de un movimiento obrero independiente y coptar a la clase obrera para sus objetivos burgueses. Cárdenas era un “hombre fuerte” bonapartista burgués y no ningún tipo de socialista reformista.

Los espartaquistas defendemos la industria nacionalizada contra las privatizaciones. Las nacionalizaciones fueron un golpe al imperialismo, y estamos por el derecho de los países coloniales y semicoloniales a explotar sus propios recursos naturales. En “México y el imperialismo británico” (1938), Trotsky explica:

“Los magnates del petróleo no son capitalistas de masas, no son burgueses corrientes. Habiéndose apoderado de las mayores riquezas naturales de un país extranjero, sostenidos por sus billones y apoyados por las fuerzas militares y diplomáticas de sus metrópolis, hacen lo posible por establecer en el país subyugado un régimen de feudalismo imperialista, sometiendo la legislación, la jurisprudencia y la administración. Bajo estas condiciones, la expropiación es el único medio efectivo para salvaguardar la independencia nacional y las condiciones elementales de la democracia.

“Qué dirección tome el posterior desarrollo económico de México depende, decisivamente, de factores de carácter internacional. Pero esto es cuestión del futuro.”

En efecto, en la época imperialista, la emancipación de México, como la de todos los países subordinados a los imperialistas, debe ligarse a la perspectiva de la revolución proletaria en los países industrializados. Trotsky escribió “Las expropiaciones mexicanas del petróleo: un desafío al Partido Laborista británico” (23 de abril de 1938), en donde desenmascara a la dirigencia reformista del Partido Laborista británico, luchando por que el proletariado británico defendiera las expropiaciones mexicanas contra los ataques de la burguesía imperialista.

La burguesía mexicana está subordinada al imperialismo estadounidense, pero no es un mero títere; Cárdenas tomó ventaja de las rivalidades interimperialistas para maniobrar y llevar a cabo acuerdos económicos lucrativos para México. Por ejemplo, hizo enfurecer al imperialismo estadounidense por la venta de petróleo a los nazis. Por otro lado, apaciguó al proletariado mexicano y le retorció las narices al imperialismo estadounidense al dar asilo político en México al fundador y dirigente de la IV Internacional, co-dirigente con Lenin del Partido Bolchevique y organizador de la Revolución Rusa de 1917, León Trotsky.

La postura nacionalista de izquierda del cardenismo fue, necesariamente, muy breve —apenas lo necesario para descarrilar el descontento obrero—. Incluso la “educación socialista” —a la que muchos estudiantes y maestros miran con nostalgia— fue echada para atrás apenas 5 años más tarde. Esto lo explica, fundamentalmente, la imposibilidad de un régimen democrático burgués estable en los países de desarrollo capitalista atrasado. No existe, en la época de la decadencia imperialista, ningún ala “progresista” de la burguesía. En realidad, la única forma de lucha genuinamente antiimperialista, la única forma de deshacerse del yugo imperialista, es mediante la revolución socialista mundial, que requiere indispensablemente la hermandad revolucionaria de los proletarios del mundo.

En el caso de México, la lucha contra las privatizaciones y la embestida burguesa al servicio de los imperialistas debe ligarse a la lucha por la unidad revolucionaria con el poderoso proletariado multirracial estadounidense. Las luchas del proletariado mexicano y estadounidense estan política y económicamente ligadas, y más estrechamente desde la entrada en vigor del TLC y la rapiña del “libre comercio” contra México por el imperialismo estadounidense. El GEM lucha por ganar al proletariado mexicano a una perspectiva revolucionaria internacional conjunta con las luchas de sus hermanos y hermanas de clase del poderoso proletariado estadounidense, mediante el combate contra el nacionalismo que encadena al proletariado a su burguesía. Correspondientemente, nuestros camaradas en la Spartacist League/U.S. luchan por que los trabajadores estadounidenses rompan con el nacionalismo reaccionario y el racismo contra negros e inmigrantes, que domina al movimiento obrero y sirve para atar a los trabajadores a la clase dominante.

Internacionalismo proletario vs.

“frente único antiimperialista”:

¡El enemigo principal está en casa!

La CTM nació de un movimiento obrero en ascenso, del cual surgieron también grandes sindicatos nacionales de industria, como el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana (STPRM) y el Sindicato de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana (STMMSRM). La CTM fue fundada en 1936 por una serie de federaciones sindicales (como la CSUM del PCM estalinista) y varios sindicatos industriales, como el STMMSRM, el STPRM, el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros (STF), el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y otros. La CTM nació bajo los auspicios de Cárdenas y desde un inicio estuvo atada a él y a su gobierno. De hecho, Cárdenas basó gran parte de su apoyo inicial en la Confederación General de Obreros y Campesinos de México (CGOCM) de Lombardo Toledano, que fue antecesora de la CTM, así como en el Comité de Defensa Proletaria fundado en 1935, donde los estalinistas, la CGOCM, el SME y otros otorgaron su apoyo a Cárdenas en su lucha intestina contra Calles. El pegamento final que hizo que la CTM se postrara absolutamente ante el gobierno de Cárdenas fue la nacionalización del petróleo en marzo de 1938.

Los burócratas de la CTM (incluyendo a los estalinistas, así como a Lombardo Toledano y Fidel Velázquez) y el PRM mismo se vieron obligados a hacer referencias rituales al “socialismo” para engañar a los trabajadores. Así, el lema original de la CTM era “Por una sociedad sin clases” y sus “Estatutos de la Confederación de Trabajadores de México” dicen:

“El proletariado de México luchará fundamentalmente por la total abolición del régimen capitalista. Sin embargo, tomando en cuenta que México gravita en la órbita del imperialismo, resulta indispensable, para llegar al objetivo primeramente enunciado, conseguir previamente la liberación política y económica del país.”

CTM, 1936-1941, Secretaría de Divulgación Ideológica, CEN del PRI (1981)

Esta es, básicamente, la concepción estalinista de la revolución por etapas —robada de los mencheviques—, según la cual primero hay que luchar por una “revolución democrática” para después hablar de una revolución socialista. En realidad, esta ha sido siempre una receta para derrotas del proletariado (ver artículo “México y las lecciones de Octubre” en este mismo número). El pacto constitutivo del PRM decía que este partido burgués “considera como uno de sus objetivos fundamentales la preparación del pueblo para la implantación de una democracia de trabajadores para llegar al régimen socialista.”

El papel desempeñado por el PCM, para entonces ya totalmente estalinizado, fue un elemento crucial en la subordinación de la clase obrera mexicana a la burguesía mediante el nacionalismo. Al principio del régimen de Cárdenas, el PCM seguía aún la política estalinista del “Tercer Periodo” que llevó a que el fascismo triunfara en Alemania sin que el proletariado disparara un solo tiro. El PCM, siguiendo las directrices del VI Congreso de la Internacional Comunista (Comintern), sostenía todavía en 1935 que Cárdenas y Calles buscaban el mismo objetivo: fortalecer la dominación del imperialismo yanqui. Criticaba a Lombardo Toledano porque, aun habiendo roto con la CROM, seguía sosteniendo abiertamente que había que colaborar con el gobierno. Sin embargo, en realidad esto encubría su propia colaboración de clases. Hernán Laborde, secretario general del PCM, explicaba en junio de 1935 que la consigna era: “¡Con Cárdenas no; con las masas cardenistas, sí!”, en su esfuerzo por consolidar la subordinación política de la clase obrera a una supuesta ala “antiimperialista” de la burguesía y la pequeña burguesía. ¡Y el PCM era el ala izquierda de la CTM!

El PCM realizó una “autocrítica” a la luz de los resolutivos del VII Congreso de la Comintern, celebrado en julio de 1935, en donde se calificaba al fascismo como el principal enemigo y, por tanto, era necesario construir un “frente único” contra éste. En realidad, la Comintern se estaba adaptando al imperialismo “democrático”, y era con esas fuerzas burguesas que buscaba un “frente único”. En los países subyugados por el imperialismo “democrático”, este “frente único” conducido bajo la rúbrica de la “lucha contra el fascismo”, significó la traición de cualquier lucha por la liberación nacional y la independencia. Así, en el VII Congreso, el PCM, en palabras de su secretario general Hernán Laborde, sostenía: “es preciso reconocer que el peligro fascista nos ha hecho en cierta medida relegar a segundo plano al principal enemigo, que en las condiciones de México es el imperialismo, y particularmente el imperialismo yanqui” (citado en de Neymet, Marcela, Cronología del Partido Comunista Mexicano. Primera parte, 1919-1939, 1981).

Si bien Laborde aceptó a regañadientes la unidad con el imperialismo “democrático” contra el fascismo, en la mayoría de los periodos el refrán de los estalinistas y otros colaboracionistas de clase es el “frente único antiimperialista”. Esta es una receta para la unidad con su propia burguesía nacional “contra el imperialismo”. Los espartaquistas insistimos que en México el principal enemigo está en casa: es la burguesía mexicana, lacaya del imperialismo. El PCM, aunque no era un partido de masas, gozaba de cierta influencia en la clase obrera, derivada de la autoridad de la Revolución de Octubre. A fin de cuentas, el PCM, a la cola de Cárdenas, fue el principal responsable político de detener en corto el desarrollo de una conciencia de clase en el proletariado mexicano, impidiéndole ver la necesidad de forjar un partido para luchar por sus propios intereses de clase.

Lombardo Toledano sirvió como un alcahuete nacionalista del gobierno burgués en turno. Fidel Velázquez, sin mayores pretensiones “teóricas”, llevó los postulados del PCM y Lombardo a sus consecuencias lógicas, deshaciéndose de sus adversarios algunos años más tarde y, al final de la efímera faceta “populista” de la burguesía, disciplinando al movimiento obrero mediante la represión salvaje en lugar de la subordinación ideológica. Unos años más tarde, la CTM y el PRM/PRI abandonaron cualquier pretensión “socialista”.

El desgastado dominio corporativista de la CTM sobre el movimiento obrero está agonizando, y es necesario extraer las lecciones de la historia para no caer en las mismas trampas de la burguesía. Los dirigentes sindicales “alternativos” a los charros priístas no representan ninguna opción de clase. Su retórica y sus métodos podrán ser distintos —a veces—, pero su papel es el mismo: los lugartenientes del capital en el movimiento obrero. Por ejemplo, un tal Miguel Hernández Bello, dirigente de una disidencia sindical del SUTERM contra el charro Rodríguez Alcaine, sucesor de Fidel Velázquez, se presentó a las oficinas de Vicente Fox para rogarle, de manera patética, que éste interviniera para garantizar el desarrollo “democrático” de las elecciones internas en el SUTERM, a realizarse en noviembre próximo; Fox ni siquiera lo recibió (La Jornada). ¡Y estos son los sindicalistas “independientes”! Las ilusiones en que el presidente electo panista va a “garantizar” la democracia en los sindicatos no son distintas a las ilusiones en la “imparcialidad” de las Juntas de Conciliación y Arbitraje burguesas. Las ilusiones en la “imparcialidad” del estado burgués en general son ilusiones mortales para el movimiento obrero. Cuando el estado interviene en los sindicatos, su única intención es reglamentarlos y subordinarlos cada vez más a la clase capitalista y a su estado. El estado burgués no tiene nada que hacer en el movimiento obrero. ¡La clase obrera debe limpiar su propia casa! ¡Estado burgués fuera de los sindicatos! Los policías no son “trabajadores en uniforme”, sino los perros guardianes de la burguesía. La presencia de policías en los sindicatos representa un peligro a la existencia misma de estos: ¡Policías fuera de los sindicatos! ¡Auxilio UNAM fuera de la UNAM y el STUNAM!

El PRD burgués, especialmente después de su humillante derrota electoral, trata de posar como “amigo” de los trabajadores, las mujeres y las minorías oprimidas, como los homosexuales. Después de impulsar las reformas ampliando —de manera muy limitada— los casos de aborto legal en la Ciudad de México, publicó un desplegado en los periódicos burgueses protestando contra la decisión de la Junta de Conciliación y Arbitraje contra la huelga de Volkswagen, aceptada por la dirigencia sindical. De igual manera se “opuso” a la requisa contra la huelga de las sobrecargos de aviación de ASSA, y hoy la diputada perredista y dirigente de ese sindicato, Alejandra Barrales, introduce una iniciativa de ley para eliminar la requisa. Pero el PRD ha mostrado su naturaleza antiobrera en más de una ocasión, arremetiendo con sus granaderos contra los estudiantes del CGH en distintos momentos durante la combativa huelga estudiantil en defensa de la educación publica. Fue aquí que varios ejemplos dejaron claro el objetivo de este partido, administrar los bienes y defender los intereses de la burguesía. En el caso de la huelga de la UNAM los estudiantes fueron atacados desde el principio de la huelga por el PRD, qué usó a sus granaderos para golpearlos y encarcelarlos el 25 de mayo, el 4 de agosto, 14 de octubre y 11 de diciembre de 1999, así como el 3 y 6 de febrero del 2000, en apoyo a la Policía Federal Preventiva. Estos ataques también han sido contra maestros del SNTE, trabajadores de Chapingo y muchos otros. A eso se reduce hoy el “populismo” cardenista. Hoy, el PRD y sus alcahuetes sindicales no tienen ninguna necesidad de utilizar una retórica “socialista”, como en su tiempo se vieron forzados a hacer la CTM y el mismo PRM, para engañar al proletariado. La verborrea del nacionalismo burgués les basta. Aun así, el objetivo es el mismo: mantener a la clase obrera disciplinada, adormecida con ilusiones “democráticas” en “su propia” burguesía. El PRD no tiene otro objetivo que sostener el régimen de explotación capitalista: es enemigo de los trabajadores, las mujeres y todos los oprimidos. Las leyes bajo el capitalismo existen para impedir la movilización independiente del proletariado en lucha por sus conquistas. La clase obrera no puede jugar bajo las reglas de los patrones. ¡Abajo las Juntas de Conciliación y Arbitraje! ¡Por la independencia política del proletariado—romper con todos los partidos de la burguesía: PRI, PAN, PRD!

El Grupo Internacionalista: apologistas “de izquierda” del nacionalismo burgués

La seudoizquierda mexicana ayuda al PRD en su esfuerzo por mantener a la clase obrera atada a su enemigo de clase, cegada por la ideología del nacionalismo burgués que pretende eliminar toda diferenciación de la sociedad en clases con intereses antagónicos. Entre estos grupos seudoizquierdistas se encuentra el llamado Grupo Internacionalista (GI), formado por un puñado de desertores de nuestra organización, la Liga Comunista Internacional. Desmoralizados por el triunfo de la contrarrevolución en la URSS y Europa Oriental, desertaron del trotskismo revolucionario para buscar fuerzas de clase ajenas al proletariado y vehículos distintos a su partido revolucionario leninista para avanzar en la lucha por la emancipación de la humanidad.

En lugar de la perspectiva trotskista de la urgencia de la lucha por la independencia política del proletariado, el GI toma posición, retóricamente, con un lado de los burócratas sindicales —los “independientes”— contra otros —la CTM—. El GI trata de manipular el justificado odio de los trabajadores hacia la burocracia gangsteril cetemista, así como sus impulsos hacia la democracia sindical, simplemente para embellecer al PRD y sus alcahuetes sindicales. Mediante el uso de justificaciones seudomarxistas, el GI sostiene que existe una diferencia de clase entre los sindicatos afiliados al PRI y aquellos cercanos al PRD, siendo la violencia y prácticas burócraticas de los cetemistas su criterio aparente. Pero la demagogia no puede sustituir al análisis marxista de clase. ¡Los marxistas no utilizan la presencia de la violencia, la deshonestidad o la falta de democracia para determinar la naturaleza de clase de las cosas! En el fondo, lo que para el GI determina el carácter de clase de las distintas organizaciones sindicales es por qué partido burgués están controladas: el PRI o el PRD.

Pretendiendo aportar una “justificación ortodoxa” a su línea de que los sindicatos priístas no son tales, en un suplemento de El Internacionalista (octubre de 1998), el GI cita “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista” de Trotsky:

“En México, los sindicatos han sido transformados por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario.”

Pero omiten convenientemente el siguiente párrafo del escrito de Trotsky, que desenmascara la política del GI:

“A primera vista, podría deducirse de lo antedicho que los sindicatos dejan de serlo en la era imperialista. Casi no dan cabida a la democracia obrera que, en los buenos tiempos en que reinaba el libre comercio, constituía la esencia de la vida interna de las organizaciones obreras.

“Al no existir la democracia obrera no hay posibilidad alguna de luchar libremente por influir sobre los miembros del sindicato. Con esto desaparece, para los revolucionarios, el campo principal de trabajo en los sindicatos. Sin embargo esta posición sería falsa hasta la médula.”

Su línea política capituladora en México se ha quedado, hasta ahora, en pura retórica. Sin embargo, en Brasil estos centristas llevaron su política a los hechos, arrastrando al Sindicato de Funcionarios Públicos del Municipio de Volta Redonda (SFPMVR) a los tribunales de la burguesía en tres ocasiones, en una lucha interburocrática para conservar la presidencia del sindicato en favor de su camarada Geraldo Ribeiro, un ex policía (ver el artículo “El encubrimiento del IG en Brasil: Manos sucias, mentiras cínicas” en Espartaco núm. 10, otoño-invierno de 1997). Cuando el estado burgués falló a favor de su oponente, el GI declaró que el sindicato mismo había dejado de ser tal, para convertirse en una formación arreglada por los tribunales burgueses porque la presidencia la ocupan sus oponentes políticos, ¡quienes antes eran sus compañeros de planilla!

El GI habla ahora de “sindicalismo policiaco”, haciendo una analogía con las organizaciones obreras establecidas por el agente de la policía zarista Zubátov en Rusia a principios de siglo, y tratan de incluir en la categoría a la CTM y el CT mexicanos (“Lucha de clases contra el ‘Sindicalismo Policiaco’ en Brasil”, The Internationalist núm. 7, abril-mayo de 1999). Con su tradicional estilo de citas “selectivas”, el GI pretende dar a entender que los bolcheviques se negaban a trabajar en tales organizaciones. Pero Lenin condenó a quienes argumentaban que los revolucionarios debían negarse a trabajar en sindicatos dirigidos por reaccionarios, explicando que los principales dirigentes de los sindicatos reformistas en los centros imperialistas no eran más que Zubátovs con un disfraz diferente: “Los Gompers, los Henderson, los Jouhaux y los Legien no son sino los Zubátov, que se distinguen del nuestro por su traje europeo, su porte elegante y los refinados procedimientos aparentemente democráticos y civilizados que emplean para realizar su canallesca política” (La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, 1920).

En su más reciente polémica contra nosotros, el GI trata de responder a estos argumentos sosteniendo: “El mismo Trotsky insistió en que en casos en los que no hay alternativa, hay que hacer trabajo en los ‘sindicatos’ fascistas. Esto, sin embargo, no los convierte en verdaderos sindicatos obreros. Los revolucionarios también hacen trabajo dentro del ejército de conscripción, pero eso no cambia la naturaleza de clase del puño armado del estado burgués” (suplemento de El Internacionalista, junio de 2000). Esta analogía antimarxista entre la CTM y un ejército burgués de conscripción no es otra cosa que la “justificación” de una política rompesindicatos: ¿por qué habrían de defender los trabajadores, contra los ataques de la burguesía, a una organización que no es cualitativamente distinta de un ejército burgués? En México, en 1989, Salinas de Gortari apresó al dirigente de los petroleros, Joaquín Hernández Galicia. Nadie más que la LCI protestó este ataque y explicó a los obreros que era un golpe contra la clase obrera. Nadie más que la LCI exigió la libertad para los dirigentes petroleros encarcelados. Cualesquiera que sean los pretextos del estado burgués para intervenir en los sindicatos, su única intención es subordinarlos aún más al enemigo de clase. Nadie más se opuso al golpe de Salinas contra los petroleros porque todas las demás organizaciones “de izquierda” compartían —y comparten— la línea del GI.

Mostrando que su objetivo está muy lejos de proporcionar alguna claridad política a los trabajadores, el GI jamás se ha tomado la molestia, después de decenas de páginas de polémicas contra nosotros sobre esta cuestión, de explicar a los millones de trabajadores aún organizados por la CTM y, en general, el CT, cómo y cuándo fue que sus sindicatos “dejaron” de ser tales. La razón por la cual no se han podido poner de acuerdo ellos mismos en esta cuestión es que su posición está en tan plena contradicción con la realidad y los principios elementales del marxismo, que no han encontrado la forma de “justificarla”.

Basando su posición social en el hecho de que dirigen a un sindicato, las burocracias obreras negocian los términos de explotación con la burguesía utilizando la fuerza de la clase obrera organizada como su carta. Así, al tiempo que la CTM y, en general, los sindicatos priístas se caracterizan por su servilismo ante la burguesía y su estado, también se ven obligados a movilizar a sus bases de vez en cuando. El año pasado, por ejemplo, hubo una gran huelga de miles de trabajadores azucareros, organizados por la CTM. Según estadísticas del INEGI (Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática) correspondientes al año 1998, hubo 245 huelgas estalladas en México. De estas, 103 fueron de la CTM, 68 de la CROC (también priísta), 27 de la CROM (también priísta), y 24 de los “independientes”. De 245 huelgas, un total de 198 fueron estalladas por centrales priístas. Según el GI, la CTM no es una federación sindical porque está conectada orgánicamente con el PRI; pero el PRI ya no domina al estado. Entonces, el GI tacha de imposibles (o tal vez deberíamos decir “inexistentes”) las luchas convulsivas que se extienden incluso a los sindicatos dominados por el PRI o, enfrentados a los hechos, las denuncian como “un sector de la burguesía contra otro”, según han repetido cuadros dirigentes del GI en diversas discusiones verbales contra la LCI internacionalmente. De manera nada sorprendente, esa fue la respuesta del PRD ante la amenaza de huelga por parte del sindicato del metro de la Ciudad de México hace algunos meses —una mera maniobra del PRI—.

En La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, Lenin explica:

“Para saber ayudar a la ‘masa’ y para adquirir su simpatía, su adhesión y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos, los ataques, las persecuciones de los ‘jefes’ (que, siendo oportunistas y socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o indirecta con la burguesía y la policía) y trabajar sin falta ahí donde estén las masas.” (Enfasis en el original)

El punto fundamental de Lenin es que los antagonismos de clase inherentes al capitalismo son tales, que estallarán independientemente de la superestructura particular del régimen capitalista. Es por esto que incluso los sindicatos corporativistas estallan huelgas y buscan hoy nuevas alianzas. Y es por ello que los espartaquistas no desechamos a esos sindicatos, sino que buscamos ganar la adhesión de los trabajadores al programa del comunismo, luchando por romper cualquier atadura de los sindicatos con la burguesía, su estado y todos sus partidos. Pero la razón del GI para desechar a la CTM, que aún organiza a gran parte del proletariado mexicano y a algunos de sus sectores más estratégicos, no es cobardía. Es un apetito y programa distintos. Para los revolucionarios, que no buscamos “influencia” en sí misma, basada en las maniobras en la cúpula de los sindicatos, sino la adhesión revolucionaria de los sectores más avanzados de la clase obrera, el punto es ganarlos a nuestro programa completo.

Trotsky continúa en “Los sindicatos en la época de la decadencia imperialista”:

“De todo lo anterior se desprende claramente que, a pesar de la degeneración progresiva de los sindicatos y de sus vínculos cada vez más estrechos con el Estado imperialista, el trabajo en los sindicatos no ha perdido para nada su importancia, sino que la mantiene y en cierta medida hasta es aun más importante que nunca para todo partido revolucionario. Se trata esencialmente de luchar para ganar influencia sobre la clase obrera. Toda organización, todo partido, toda fracción que se permita tener una posición ultimatista respecto a los sindicatos, lo que implica volverle la espalda a la clase obrera sólo por no estar de acuerdo con su organización, está destinada a perecer. Y hay que señalar que merece perecer.”

El GI encaja perfectamente en esta descripción.

El GI acusa a la LCI de haber “cambiado de línea” sobre la naturaleza de clase de la CTM. Veamos quién “cambió de línea”. En concordancia con su concepción de sí mismos como caudillos infalibles, los dirigentes del GI Norden y Negrete imaginan que, dado que ellos sostenían tal o cual posición a espaldas del partido cuando ellos todavía eran miembros de la LCI, ésta tenía que ser “la línea” de nuestra organización. Pero las acusaciones del GI son una falsedad diseñada simplemente para atacar a la LCI. No reconocíamos ninguna distinción de clase entre unos sindicatos y otros, porque la política del GEM jamás fue embellecer al PRD burgués y a sus seguidores en los sindicatos. En su suplemento mexicano más reciente (22 de junio de 2000), el GI se queja de que el GEM: “Incluso compara a los charros priístas, que ‘usan sus porros y golpeadores para mantener sus privilegios’, con la burocracia estalinista en la Unión Soviética. Ocultan la diferencia entre un instrumento directo del estado burgués, la CTM, y la burocracia gobernante de un estado obrero burocráticamente degenerado, la URSS.” En el número 22 de Spartacist en español, de 1989, cuando Norden era aún editor de nuestro periódico estadounidense Workers Vanguard y miembro del comité de redacción de Spartacist en español, en el artículo “Bazukazo contra los obreros mexicanos” sobre el ataque de Salinas contra el sindicato de petroleros, dijimos: “Muchos de los intelectuales radicales y liberales preguntan, ¿cómo se puede defender a este jefazo sindical, la personificación de los corruptos burócratas charros que han dominado a los sindicatos por décadas, y seguir llamándose un demócrata?... Los trotskistas, que comprendemos el carácter de clase de la URSS como un estado obrero a pesar de su degeneración burocrática bajo el dominio estalinista, y por tanto la defendemos contra el imperialismo, defendemos de la misma manera a los sindicatos contra los patronos a pesar de la burocracia entreguista que se asienta sobre estos reductos de poder obrero. Como escribió León Trotsky hace 50 años, ‘en el último análisis, el estado obrero es un sindicato que ha tomado el poder’ (En defensa del marxismo, 1939).” La política de la LCI siempre explicó cómo no existe ninguna diferencia cualitativa entre los charros priístas y sus contrapartes “democráticos”, porque nuestra política siempre ha estado basada en la lucha por la total independencia política y organizativa del proletariado respecto a todas las alas de la burguesía, no sólo del PRI sino también del PRD. Es el GI quien ha cambiado su orientación general, desertando del trotskismo revolucionario en busca de la satisfacción de sus apetitos oportunistas.

En México, el GI ha encontrado una fuerza burguesa a la cual capitular en el PRD de Cuauhtémoc Cárdenas, sosteniendo la existencia de un “frente popular” alrededor de ese partido burgués. El GI presenta el término “frente popular” como una frase carente de significado concreto. Pero el término “frente popular” no es sinónimo de cualquiera y toda forma de colaboración de clases. En terminos marxistas, un “frente popular” es una alianza entre partidos obreros reformistas y partidos capitalistas para gobernar en un estado capitalista. La participación de los partidos obreros es usada para camuflagear cuál clase dirige y generalmente surge en situaciones donde la burguesía necesita apaciguar obreros combativos y descarrilar sus luchas. Mientras la dirección pro-capitalista de estos partidos reformistas (a los cuales Lenin llamó “partidos obrero-burgueses”) conscientemente aparece para el rescate del capitalismo en crisis, la base obrera que tienen estos partidos está motivada por una conciencia de clase reformista; esto es, rechazan a los partidos burgueses como representantes de los patrones pero incorrectamente ven a su partido reformista como capaz de alcanzar un reordenamiento socialista de la sociedad en los intereses de los trabajadores.

Pero en México no existe ningún partido obrero de masas; el mecanismo fundamental utilizado por la burguesía mexicana para mantener a la clase obrera subordinada ha sido la ideología del nacionalismo burgués, y no el “frente popular”. El PRD es un partido burgués, simple y llanamente.

El GI trata de utilizar una cita de Trotsky de 1938 en la que sostiene que el PRM de Lázaro Cárdenas era un “frente popular en forma de partido” para argumentar contra los espartaquistas. Los centristas pasan años buscando alguna cita que pueda, sacándola de contexto, justificar su política oportunista. Así, el GI trata de sacar de contexto esa afirmación de Trotsky para implicar que su posición sobre un “frente popular cardenista” actualmente tiene alguna base marxista, dada por Trotsky. Esto es una falsedad. En una conversación informal con algunos de sus colaboradores, que fue transcrita posteriormente, Trotsky dijo:

“El Kuomintang en China, el PRM en México, el APRA en Perú son organizaciones totalmente análogas. Es el frente popular bajo la forma de un partido.”

Esta es una formulación evocativa para describir a la burguesía apoyándose en el proletariado, pero no es precisa, y es precisamente por ello que aparece únicamente en esta transcripción de una conversación informal entre Trotsky y sus colaboradores políticos. En todos los escritos publicados de Trotsky acerca del Guomindang, es concienzudamente claro que era el partido de la burguesía nacionalista y previene en contra de la subordinación del proletariado a éste. Así mismo para México, Trotsky insiste que la cuestión paradigmática para los revolucionarios es la estrategia de la revolución permanente, contrapuesta al nacionalismo burgués que se expresa en la falsa perspectiva del “frente único antiimperialista”. Como escribimos en Espartaco núm. 10:

“¿Cuál puede ser la razón de la insistencia del IG sobre la supuesta existencia de un “frente popular” alrededor del PRD? Tal vez es instructivo considerar que Stalin justificó la liquidación suicida de los comunistas chinos en el Guomindang bautizando al partido burgués nacionalista como un “bloque de cuatro clases”. Escribiendo sobre éste en La internacional Comunista después de Lenin (1928), Trotsky dijo:

“‘La famosa idea de los partidos obreros y campesinos parece haber sido especialmente concebida para permitir el camuflaje de los partidos burgueses obligados a buscar un apoyo entre los campesinos, pero deseosos también de contar con obreros en sus filas. Desde este momento el Guomindang ha entrado para siempre en la historia como el prototipo clásico de un partido de este género.’”

La razón de la insistencia del GI en el supuesto “frente popular” cardenista, no es otra que obscurecer la naturaleza de clase del PRD, un partido burgués. El GI avienta por la ventana la perspectiva de la revolución permanente para inventar un “frente popular” con componentes de la clase trabajadora sólo para capitular al PRD burgués. La historia mexicana y la realidad actual presentan un gran problema para el GI al que ellos no pueden responder. Por siete décadas la estructura básica del corporativismo en la sociedad mexicana no cambió fundamentalmente. Durante un periodo breve bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas el gobierno se movió un poco a la izquierda para descarrilar el descontento de los trabajadores y del campesinado. Desde entonces, la estructura del estado corporativista se ha desarrollado en una dirección represiva y semi-bonapartista. Pero nada cambió fundamentalmente por siete décadas. Si, de acuerdo al GI, el predecesor del PRI, el PRM fue un frente popular, ¿cuándo y cómo éste dejó de serlo? Y ahora que a partir del 1° de diciembre el PRI dejará de estar en el gobierno, pero los sindicatos de la CTM todavía están afiliados a éste, ¿existe un “frente popular” alrededor del PRI?

¡Forjar un partido leninista-trotskista!

Los genuinos comunistas buscamos construir la más fuerte unidad posible de la clase obrera contra los explotadores capitalistas, por eso, nos oponemos a las divisiones gremiales en el proletariado, estamos por el sindicato de industria; es decir, todos los trabajadores, calificados y no calificados de una misma industria deben pertenecer a un mismo sindicato. Luchamos contra la escisión de la clase obrera en sindicatos competidores basados en diferentes tendencias políticas. La tarea de la vanguardia comunista es aclarar y agudizar las diferencias entre las tendencias políticas competidoras para reunir los cuadros para un partido leninista. En tiempo de Lenin, estas diferentes tareas políticas se reflejaron en diferentes formas organizativas: la Comintern compuesta de las organizaciones partidistas que representaban el singular programa político bolchevique, y la Profintern, que representaba la lucha por la unidad de la clase obrera en los sindicatos.

La historia ha mostrado que la clase obrera, con sólo su esfuerzo y experiencia cotidiana —sin la intervención de un partido leninista de vanguardia—, no puede desarrollar una conciencia más alta que la sindical; es decir, la necesidad de unirse en sindicatos para la lucha económica contra los patrones y el gobierno. Pero la conciencia sindical es conciencia burguesa. El sindicalismo, por sí mismo, no cuestiona el modo de producción capitalista, sino que busca mejores condiciones de explotación para los obreros en luchas contra patrones individuales y el gobierno. La lucha por la independencia genuina de las organizaciones obreras respecto de la burguesía requiere el forjamiento de un partido obrero revolucionario —el instrumento indispensable para la revolución proletaria—, que reúna a las masas oprimidas del campo y la ciudad tras el proletariado. Para este fin, es necesaria una lucha sin cuartel contra toda manifestación de la ideología burguesa en la clase obrera. Parte esencial de esto es desenmascarar a los falsos pretendientes a la bandera del comunismo, que no hacen sino perpetuar las ataduras de la clase obrera a “su propia” burguesía.

El papel de vanguardia de la clase obrera es central para la perspectiva marxista del socialismo mundial. Sólo la clase obrera tiene el poder social y la obligación de su claro interés objetivo para liberar al género humano de todo tipo de opresión. No teniendo interés alguno en la preservación del orden burgués, su enorme poder yace en su papel en la producción, su número y su organización. Como los bolcheviques de Lenin, nuestro propósito es fusionar elementos intelectuales y proletarios, para forjar el partido capaz de dirigir al proletariado a la toma del poder estatal. ¡Únete a nosotros!

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