¡Defender a Afganistán contra el ataque imperialista!
¡Por lucha de clases contra los gobernantes capitalistas en México y EE.UU.!
¡Ninguna ilusión en el PRD nacionalista burgués!

Reproducido de Espartaco No. 17, invierno de 2001-2001.

17 de noviembreEl siguiente artículo ha sido adaptado de Workers Vanguard No. 768, (9 de noviembre de 2001), periódico de la Spartacist League/U.S., sección estadounidense de la LCI. Aunque los ataques imperialistas no han cesado, los talibanes han sido echados de la parte norte de Afganistán por la Alianza del Norte respaldada por EE.UU., y ésta ha tomado Kabul, mientras que los imperialistas se aprestan a formar un nuevo gobierno títere. Sea lo que sea que tramen Washington y sus aliados, hay muy poca probabilidad de estabilidad en Afganistán en cualquier caso. Las fuerzas que integran la Alianza del Norte no son menos reaccionarias que el Talibán y fueron infames durante su gobierno en Afganistán de 1992 a 1996, perpetrando asesinatos y violaciones masivas, y estuvieron envueltos en disputas sanguinarias que finalmente llevaron a su caída. Un gobierno centrado en la Alianza del Norte, que se basa en su mayor parte en las minorías étnicas tajika y uzbeka, sería aun menos estable que el Talibán, que se basa en las tribus pashtún dominantes.

Las semanas de implacable bombardeo de Afganistán con miles de bombas han producido el resultado deseado. Poblados han sido reducidos a escombros y reducidos consecutivamente a escombros más pequeños, con hospitales destruidos, instalaciones de la Cruz Roja arrasadas, familias enteras voladas en pedazos. “Ayuda humanitaria”, es decir, mantequilla de cacahuate, es lanzada envuelta en color amarillo, el color de las bombas de dispersión, siendo el único propósito de las últimas mutilar y masacrar al azar. La guerra ha sembrado discordia en las filas del bloque de aliados del imperialista EE.UU., primordialmente aquellos en el mundo árabe/musulmán y en Europa. Estos son perturbados por una serie de “qué tal si”. ¿Qué tal si la guerra desestabiliza a Pakistán, poniendo su capacidad nuclear al alcance de cualquiera? ¿Qué tal si ésta desata una guerra posterior entre India y Pakistán, hundiendo a la región en el caos? ¿Qué tal si el acceso al petróleo es interrumpido violentamente? ¿Qué tal si estas potencias son inexorablemente movidas de su condición actual de porristas hacia una guerra en la cual no tienen ningún interés directo?

La destrucción del World Trade Center fue un acto criminal que incineró a miles de personas ordinarias inocentes. Pero no es la muerte de personas ordinarias la que impulsa a los gobernantes estadounidenses. Después de todo, bin Laden es el monstruo de Frankenstein que se volteó contra su creador, el imperialismo estadounidense, que lo desató junto con otros reaccionarios islámicos, como el Talibán, en contra del Ejército Rojo en Afganistán en los años ochenta como parte de su campaña, que duró décadas, para aplastar a la Unión Soviética. En su cruzada en contra del “Comunismo ateo”, Washington aceptó de buena gana la reesclavitud de las mujeres afganas como un “daño colateral”. Hace pocos años, Madeleine Albright también hizo claro que la muerte por inanición y enfermedades de más de un millón de iraquíes en la defensa de los intereses imperiales de EE.UU. en el Cercano Oriente fue un daño colateral aceptable. Utilizando ese cálculo brutal, es justo preguntar si los miles de muertos en el World Trade Center fueron también un “daño colateral aceptable” en la victoria del imperialismo de EE.UU. en la Guerra Fría.

Los gobernantes de EE.UU. se valen del horror real de la población estadounidense causado por el ataque al World Trade Center. Como escribieron nuestros camaradas de la SL/U.S. en su declaración inicial sobre el ataque al WTC (ver Espartaco No. 16, otoño-invierno de 2001): “Es una oportunidad para que los explotadores azucen el patriotismo de la ‘nación única e indivisible’ para tratar de encauzar la creciente rabia en el fondo de la sociedad lejos de ellos mismos y hacia un indefinible ‘enemigo’ extranjero, así como hacia inmigrantes en Estados Unidos, y reforzar su propio arsenal de represión estatal en el propio país contra todos los trabajadores.” Desde la perspectiva de los imperialistas, el crimen del 11 de septiembre fue que se perpetró un insulto a sus apetitos para la dominación mundial, representado por el ataque al centro nervioso del poder militar de EE.UU., el Pentágono. La respuesta de la administración de Bush a los ataques fue proclamar que el mundo tenía que decidir: o estar con “nosotros” o contra “nosotros” en una guerra planeada para que dure, tal vez de por vida, en contra de cualquier y cada reto al imperialismo estadounidense. Ésta es la respuesta de un bravucón. Los gobernantes estadounidenses buscan asegurar que su campaña para obtener ganancias, basada en la explotación de la clase obrera en EE.UU. y en el extranjero, no encuentre obstáculos.

Los empleos que a veces, en el corto plazo, son disponibles como resultado de las aventuras y guerras imperialistas, hoy, en el contexto de la depresión mundial, no están por ningún lado. Más de 600 mil trabajos han sido eliminados en todo EE.UU. sólo desde septiembre, y esos desempleados se unirán a las filas de millones más en medio de una recesión que se profundiza.

Más de mil 100 personas sin ciudadanía estadounidense han sido detenidas, la mayoría privadas del acceso a abogados o a sus familias. La cínicamente etiquetada “Ley Patriota de EE.UU. 2001” autoriza la detención preventiva de personas sin ciudadanía por siete días sin cargos y de hecho indefinidamente una vez que son acusadas, y legaliza los allanamientos del FBI y autoriza a la CIA a que se involucre en espionaje interno. También define “terrorista” para incluir a cualquiera que sea considerado oponente del gobierno. La siniestra naturaleza de esta ley ya es evidente para muchos estadounidenses negros. Reflejando tales aprensiones, el congresista del área de Chicago, Jesse Jackson Jr. señaló: “Los terroristas no atacaron la Estatua de la Libertad, la Constitución o la Declaración de Derechos o la Declaración de Independencia. Atacaron los símbolos de nuestro poder económico y militar en el mundo. Son los partidarios de esta iniciativa los que están atacando realmente las libertades estadounidenses que están contenidas en nuestros documentos históricos más sagrados.”

El “terror” que le preocupa a los imperialistas estadounidenses es cualquier resistencia a sus prerrogativas y a su dominio de clase. La defensa de Afganistán contra el ataque imperialista está íntegramente ligada a la defensa de las masas obreras en EE.UU. contra la explotación y la opresión crecientes, lo que requiere el derrocamiento del orden imperialista a través de la revolución obrera. La tarea que hacen suya nuestros camaradas en EE.UU. es educar y movilizar al proletariado con ese fin. Y eso requiere romper la lealtad de los trabajadores hacia sus dirigentes socialchovinistas y colaboracionistas de clase.

México: Crisis económica y represión capitalista

El gobierno de Fox, enfrentado a una grave crisis económica y desesperado por atraer inversión, está haciendo su mejor esfuerzo para mostrar su servilismo a sus amos imperialistas. El gobierno se solidarizó con los bombardeos imperialistas contra Afganistán y ayuda a cerrar las fronteras de Estados Unidos contra los inmigrantes. Desde el 11 de septiembre, los blancos principales de las deportaciones han sido personas originarias del Medio Oriente, particularmente iraquíes, mientras continúa la cacería de inmigrantes centroamericanos que tratan de llegar a los Estados Unidos. Tan sólo este año, han habido ya más de 72 mil deportaciones, la mayoría de ellas de centroamericanos (La Jornada, 15 de octubre).

Temiendo un estallido social, todas las alas de la burguesía mexicana están de acuerdo en utilizar los ataques contra el WTC para impulsar su supuesta “guerra contra el terrorismo”. La burguesía está reforzando su aparato represivo para utilizarlo contra cualquier cosa que perciba como una oposición, desde obreros descontentos hasta activistas estudiantiles. Tan sólo en lo que va del año los despidos ascienden a cientos de miles, especialmente en la zona de las maquiladoras, golpeando primero y sobre todo a las horriblemente oprimidas y superexplotadas obreras, que forman la mayoría de la fuerza laboral en la franja fronteriza. Ahora algunas plantas en la zona están siendo vigiladas por el ejército. Al mismo tiempo, la UNAM ha sido caracterizada repetidamente por funcionarios del gobierno y jefes militares como un “semillero” de supuestos “terroristas” y de la “delincuencia organizada”, haciendo blanco de las organizaciones estudiantiles y de izquierda. Como los espartaquistas hemos advertido, la “guerra contra el terrorismo” es en realidad una guerra contra los obreros, los inmigrantes y los izquierdistas.

Con el descontento de mucha de la población respecto a la situación económica en casa y la agresión del imperialismo a Afganistán, el PRD burgués trata de parecer más izquierdista e incluso “antiimperialista” para recuperar algo de la autoridad que ha perdido. ¡Pero este partido burgués ni siquiera se opone al TLC de la rapiña imperialista contra México! Su propósito es bloquear cualquier oposición real a la guerra y llevar a los elementos en movimiento a la izquierda de regreso al nacionalismo burgués. El interés del PRD no es otro que perpetuar este sistema capitalista de explotación y opresión.

Es muy barato para los voceros “izquierdistas” del PRD, como Adolfo Gilly, o el periodista Luis Hernández Navarro, denunciar a los imperialistas por su previo apoyo a los talibanes en sus ataques contra la Unión Soviética ahora que ésta y su Ejército Rojo han dejado de existir (La Jornada, 9 de octubre). Pero la crítica central de estos nacionalistas burgueses es que el gobierno de Fox ha roto con la supuesta (inexistente) “política internacional mexicana de no intervención, autodeterminación y solución pacífica de los conflictos”. ¡Se necesita mucha desvergüenza para hablar de la vocación “pacifista” de los gobernantes mexicanos! Si estos no han participado en más guerras, es porque los imperialistas no necesitan de su apoyo militar. De hecho, México participó en la Segunda Guerra Mundial interimperialista al lado de los aliados, y hubo redadas y ataques antijaponeses dentro de México en la misma época. Sobre todo el estado mexicano ha dirigido su fuego salvajemente contra la propia población mexicana, abatiendo a sangre y fuego a estudiantes, campesinos, indígenas y obreros en lucha. El PRD mismo ha tenido amplia oportunidad de mostrar la realidad de su propia “vocación pacifista”, desatando a sus granaderos en la Ciudad de México para romper las cabezas de los estudiantes huelguistas del CGH, los trabajadores de Chapingo, los maestros de la CNTE, etc.

El asesinato político de la abogada Digna Ochoa el 19 de octubre muestra la brutal realidad del “nuevo México democrático”: que el terror brutal contra la izquierda es inherente al México capitalista y un propósito central del estado burgués. Digna Ochoa defendía ante los tribunales a estudiantes huelguistas, campesinos ecologistas, e izquierdistas acusados de “terrorismo”. Nos solidarizamos con quienes protestan contra este asesinato y buscamos movilizar la fuerza de las masas trabajadoras para detener los ataques a los derechos democráticos y defender a quienes luchan contra la injusticia capitalista, mientras impulsamos en la clase obrera y la izquierda el entendimiento de que es sólo mediante la lucha por el poder obrero y un estado obrero que la represión del estado capitalista se detendrá para siempre. En cambio, los organizadores de varias protestas en el D.F. tratan de encauzar la indignación y rabia contra este asesinato hacia fútiles apelaciones por “justicia” dirigidas a Fox y su gobierno que, tratando de mantener su careta de “democracia”, ha liberado subsecuentemente a varios prisioneros políticos.

Centristas y renegados

Nosotros los marxistas decimos que sólo la revolución obrera puede acabar con la guerra imperialista, y como parte de esa tarea nuestros camaradas de la SL/U.S. buscan que el proletariado rompa con el “frente nacional” chovinista; internacionalmente, los espartaquistas buscamos movilizar una oposición a la guerra basada en la lucha de clases.

Nuestra perspectiva está basada en la experiencia de la Revolución de Octubre de 1917, que triunfó en medio de la carnicería de la Primera Guerra Mundial gracias al programa bolchevique de convertir la guerra imperialista en una guerra civil. La oposición proletaria a la depredación imperialista de los explotadores puede, en palabras de León Trotsky, ser llevada a cabo “sólo a través de la movilización revolucionaria de las masas, es decir, ensanchando, profundizando y agudizando esos métodos revolucionarios que constituyen el contenido de la lucha de clases en ‘tiempos de paz’” (“Aprendan a pensar”, mayo de 1938).

El principal obstáculo ideológico que tenemos que vencer en el camino a la revolución es la ideología del nacionalismo burgués, que incluye un gran componente de craso antiamericanismo, identificando falsamente a las masas explotadas estadounidenses con sus explotadores y gobernantes imperialistas. Muchos supuestos “izquierdistas” celebran absurdamente los ataques contra el WTC como un “golpe” al imperialismo, y es común escuchar afirmaciones estúpidas como que “todos los estadounidenses son culpables” de la explotación en el mundo. Lo que hacen realmente es retratar la carnicería de miles de personas inocentes como “antiimperialismo”. En realidad es una expresión sedienta de sangre de la mentira de una supuesta unidad de intereses entre los obreros y sus burguesías.

El grotescamente mal llamado Grupo Internacionalista (GI), un puñado de renegados centristas que huyeron de nuestra organización a mediados de los 90 bajo las presiones del triunfalismo imperialista de la “muerte del comunismo”, es un nítido ejemplo de la seudoizquierda que se adapta a la conciencia nacionalista, disfrazándola bajo palabrería hueca supuestamente “combativa”. Recientemente, el GI de Estados Unidos criticó a nuestros camaradas de la Spartacist League por haber “vacilado” frente al belicismo patriotero ahora rampante en EE.UU. En un manifiesto de internet, fechado octubre de 2001, el GI reprende a nuestros camaradas por su supuesta “oposición a llamar por la derrota de ‘su propia’ burguesía en una guerra imperialista. Toda la palabrería acerca de la revolución socialista se reduce a nada si no estás claramente por la derrota de ‘tu propia’ burguesía en una guerra imperialista”.

En el fondo, el GI deliberadamente embrolla la cuestión de la derrota militar en una guerra particular con la derrota proletaria de la “propia” burguesía a través de la revolución socialista. Esto último es el programa que anima a cualquier partido auténticamente revolucionario tanto en tiempos de paz como de guerra. Las consignas utilizadas para proceder hacia ese fin —para dirigir a las masas trabajadoras de su actual nivel de conciencia a la toma del poder estatal— son, sin embargo, necesariamente coyunturales. De ese modo, después de regresar a Rusia tras el derrocamiento del zar a principios de 1917, Lenin tuvo que luchar contra aquellos en el Partido Bolchevique que querían darle apoyo al Gobierno Provisional burgués. Habiendo ganado esta batalla, entonces tuvo que advertir a los elementos proletarios de izquierda que querían llamar de inmediato por el derrocamiento del Gobierno Provisional. El 5 de mayo de 1917, el Comité Central aprobó la siguiente moción escrita por Lenin: “La consigna ‘¡Abajo con el Gobierno Provisional!’ es incorrecta en el momento actual, porque en ausencia de una sólida (es decir, consciente de clase y organizada) mayoría del pueblo del lado del proletariado revolucionario, una consigna así es o una frase vacía, o, objetivamente, equivale a intentos de un carácter aventurero.”

El GI, en un esfuerzo por respaldar su palabrería vacía, ofrece el siguiente ejemplo: “La derrota francesa a manos de los luchadores por la independencia argelinos que culminó en 1962, desmoralizó a la burguesía francesa y ayudó a llevar a la revuelta obrero-estudiantil de 1968, que planteó la primera crisis potencialmente revolucionaria en Europa en años.” En realidad, la guerra colonial de ocho años en Argelia no tiene similitud alguna con lo que está sucediendo hoy en Afganistán.

Es interesante examinar nuestra posición de defensa de Afganistán contra la embestida estadounidense, comparada con una situación que era, en cierto modo, similar: la invasión de Etiopía en 1935 por parte de la Italia imperialista. Etiopía bajo el emperador Haile Selassie era una sociedad cruelmente opresiva —uno de los últimos bastiones de la esclavitud en el mundo— caracterizada por el atraso tribal, la subyugación de los pueblos minoritarios y la explotación sin freno de las masas campesinas. Los revolucionarios defendieron a Etiopía contra la Italia de Mussolini, porque esta última era una potencia imperialista, sin importar el hecho de que la forma de gobierno imperialista era fascista en vez de democrático.

Al llamar a la clase obrera a defender a Afganistán contra el imperialismo estadounidense, aplicamos el mismo principio leninista de ponerse del lado de los países atrasados contra el ataque imperialista. Eso dicho, la guerra de EE.UU. contra Afganistán es diferente en cuestiones importantes de la invasión italiana de Etiopía, que estaba dirigida a cumplir la intención de mucho tiempo por parte de Italia de colonizar ese país. EE.UU. no busca ocupar Afganistán —al menos no en este punto— aunque ahora que están en Asia Central los imperialistas van a arrebatar lo que puedan. Al atacar Afganistán, los EE.UU. buscan venganza por un insulto a su poder imperial.

Eso no siempre es fácil, incluso para la potencia imperialista más poderosa. En el siglo XIX, cuando Gran Bretaña era el principal estado imperialista en el mundo, su embajador a Bolivia desdeñosamente rechazó una copa de cerveza boliviana. Los representantes de gobierno bolivianos se ofendieron tanto por su actitud que lo arrastraron por las calles de La Paz amarrado a la espalda de un burro y después lo obligaron a beber un barril entero de la cerveza. Enfurecida por este acto de lesa majestad, la Reina Victoria insistió en que la Marina Real bombardeara Bolivia en represalia. Cuando uno de sus asesores finalmente reunió el coraje para informarle que Bolivia no tenía salida al mar, la reina exigió un mapa y, sumergiendo su pluma en el tintero, marcó una gruesa X a lo largo del país, declarando “¡Bolivia no existe!”.

Independientemente de la analogía espuria del GI con las guerras coloniales, parece improbable actualmente que EE.UU. inicie una invasión terrestre significativa de Afganistán. De hecho, sus esfuerzos pioneros en este sentido, el ataque por parte de un comando en octubre, dio resultados que deben haber inducido pesadillas de la humillante derrota estadounidense en Vietnam entre la oficialía del Pentágono. El Independent de Londres (30 de octubre) reportó: “El ataque fue puramente cosmético para beneficio de los medios y el público, sobre un blanco que, según había asegurado inteligencia, estaría pobremente defendido.”

La variante más probable de Washington en este momento es el bombardeo incesante, continuo y sin propósito, al cual el Talibán no tiene respuesta militar posible. De nuevo,al éste no era el caso en la guerra entre Italia y Etiopía en 1935. Italia era una potencia imperialista de segundo nivel dividida por agudas contradicciones de clase y restringida en sus intenciones por sus rivales imperialistas más grandes. Aunque al fin y al cabo Italia obtuvo la victoria después de una guerra terrestre de siete meses de duración, no era irracional para el entonces trotskista Socialist Workers Party de EE.UU. prever una posible victoria militar por parte de Etiopía:

“Se puede decir sin exageración que una derrota de Italia y una revolución en la península apenina puede tener resultados inesperados. Todo el sistema europeo de alianzas y estados se vendría abajo. El proletariado en Alemania, Austria, España, en los Balcanes, y sin ninguna menor importancia en Francia, recibiría un enorme impulso; la cara de Europa se vería alterada. Eso recae en los intereses de clase directos del proletariado internacional. Pero aún más. Una derrota de Italia en África, una victoria de Etiopía, podría asestar un grandioso golpe a los bandidos imperialistas en África.”

—“Cuestiones sobre la Guerra Ítalo-Etiope”, New International (octubre de 1935)

Ninguno de estos factores restringe actualmente a EE.UU., aunque, seguramente, la guerra exacerbará las tensiones entre las potencias imperialistas, y su precio en la miseria en EE.UU. mismo podría despertar la combatividad de clase en el proletariado estadounidense. Es por eso que el llamado por la derrota militar de EE.UU. es, en este momento, puro e ilusorio aire caliente y fraseología “revolucionaria” —y que se deriva de renunciar a la movilización del proletariado de EE.UU. con el propósito de la conquista del poder estatal—.

A diferencia de la fraudulenta “internacional” del GI, el GEM combate sin cuartel al venenoso nacionalismo burgués que mantiene al proletariado encadenado a sus explotadores y separado de su aliado potencial más poderoso en el norte, el proletariado estadounidense, como parte estratégica de nuestra lucha por la revolución proletaria en este país. Mientras que el GI se pinta como muy revolucionario en el éter del ciberespacio, nosotros de hecho luchamos por una perspectiva internacionalista, revolucionaria y proletaria sobre la tierra. Después de semanas de simplemente distribuir la declaración que su “sección” estadounidense produjo tras los ataques al WTC sin una palabra sobre la burguesía mexicana, un vocero del GI mexicano asistió a un foro espartaquista en la Ciudad de México el 6 de octubre para acusarnos estúpidamente de “socialpatriotas” proimperialistas, sin mencionar siquiera al principal enemigo que los obreros mexicanos enfrentan: su “propia” burguesía. Y cuando el GI mexicano finalmente publicó un suplemento propio, ¡aún no dice ni media pa-labra contra el burdo antiamericanismo que permea las protestas en México! Es muy fácil para cualquier nacionalista tercermundista señalar los crímenes de los imperialistas, pero es en la actitud hacia su “propia” burguesía que se conoce al verdadero revolucionario. El GI se rehusa a combatir las expresiones concretas del atraso nacionalista en la conciencia de los obreros y estudiantes izquierdistas en México porque ve en ello algo inherentemente “progresista”. De hecho, el GI “denuncia” al GEM como “idealista” por combatir al nacionalismo burgués como el principal obstáculo ideológico en el camino a la revolución obrera en México.

Nosotros dijimos: ¡Viva el Ejército Rojo en Afganistán!

La fraseología uuultrarrevolucionaria del GI es compartida por otra bola de centristas, como fue ejemplificado por una declaración conjunta del 9 de octubre, firmada por la Liga por una Internacional Comunista Revolucionaria (LRCI, centrada en el grupo británico Workers Power), la morenista Fracción Trotskista-Estrategia Internacional (FT-EI) en América Latina (cuya sección mexicana es la Liga de Trabajadores por el Socialismo-ContraCorriente, LTS-CC) y la Liga Comunista-Workers Power en Grecia. También ellos fantasean sobre una ilusoria “derrota de las fuerzas imperialistas” a manos de los talibanes, porque en el fondo descartan el potencial del proleta- riado estadounidense para derrotar a sus gobernantes capitalistas. Mientras que el GI nos ataca por enfocarnos en la naturaleza indefendible del ataque indiscriminado al World Trade Center, sus contrapartes centristas omiten de plano cualquier condena de la masacre de miles de trabajadores ordinarios y minorías en ese ataque, indicando una congruencia con la perspectiva global compartida por los líderes imperialistas de EE.UU. y fundamentalistas islámicos inspirados por bin Laden —de que poblaciones enteras son responsables por los crímenes de sus gobernantes—.

Aunque en su declaración internacional con Workers Power y Cía. incluyen un párrafo demagógico sobre el “combate” al antiamericanismo en abstracto, la declaración no contiene ni una palabra acerca de la burguesía mexicana, mientras que apenas le dedican una vacía oración a los gobernantes capitalistas argentinos, la burguesía a la que supuestamente “combate” el partido madre de la FT-EI, el Partido de Trabajadores por el Socialismo (PTS). En su periódico (Estrategia Obrera No. 21, 6 de noviembre) la LTS-CC alaba acríticamente las movilizaciones nacionalistas dominadas por musulmanes desde Pakistán a las Filipinas, otorgando explícitamente un carácter “antiimperialista” al craso antinorteamericanismo: “Estas manifestaciones, que repudian el alineamiento de los gobernantes locales con Washington, tienen un carácter antinorteamericano y potencialmente antiimperialista.” La LTS-CC tampoco tiene problemas para unir fuerzas con nacionalistas católicos en México. Así, la marcha del 14 de noviembre que convocó la LTS-CC, entre otros, contra la guerra imperialista, ¡entró al Zócalo encabezada por la bandera mexicana y el estandarte de la virgen de Guadalupe!

En el caso de la LRCI y la FT-EI, el antiamericanismo está entremezclado con consignas ridículas y alguna retórica muy roja para apelar a cualquiera y todos aquellos que puedan leerlo, desde los enfermos siquiátricos hasta jóvenes en busca de una alternativa para el pacifismo y el reformismo. La retórica roja es bombástica y no seria, como es capturada en el llamado a que “los soldados organicen resistencia en las fuerzas armadas... rebelarse en contra de los imperialistas y sus Generales asesinos de masas” y por que “trabajadores en las fábricas de municiones boicoteen y saboteen la producción de la guerra imperialista”. Para estos oportunistas, las palabras no están hechas para la lucha de clases sino para las tabernas griegas, los pubs ingleses y las cantinas latinoamericanas. En Gran Bretaña, la sustancia real del “derrotismo revolucionario” de Workers Power es capturada en el que organicen “hacer antesala en el Parlamento mientras debate la guerra”.

De hecho, votar por el Partido Laborista es casi el único “principio” al que el grupo británico de Workers Power se adhiere. En 1997, así como en este año, Workers Power votó por el “Bombardero Blair” y su Partido Laborista. En la guerra de la OTAN contra Serbia en 1999, la LRCI marchó en manifestaciones plagadas de pancartas que decían “Buena suerte OTAN”, defendiendo al Ejército de Liberación de Kosovo albanés, que era entonces un peón de la OTAN. Su postura izquierdista actual sobre Afganistán es una función tanto del crecimiento de la impopularidad del bombardeo de EE.UU. entre los europeos y de la naturaleza periférica de Afganistán desde el punto de vista de los imperialistas europeos.

De manera ridícula, hay un llamado por “acción unida de todas las fuerzas afganas —incluyendo a las fuerzas islámicas— para repeler el asalto imperialista”, una tarea interesante para quienes creen en la alquimia. La noción de que puede haber cualquier unidad que no sea la más efímera entre las diferentes tribus dentro de las fronteras de Afganistán es desmentida por una historia de un conflicto de aniquilación mutua constante. Estos pueblos no tienen un interés nacional coherente porque Afganistán no es una nación. Las “fuerzas afganas” están ahora, como en el pasado, enfrascadas en un tiroteo entre ellas, con el Talibán, basado en la población dominante pashtún, alineado contra la Alianza del Norte, compuesta en parte de tajikos y uzbekos, que actualmente actúa como un títere del imperialismo de EE.UU.

Al declarar que “Afganistán ha sufrido más de 20 años de guerra”, la declaración conjunta de la LRCI/FT-EI pone juntas a la guerra de los muyajedines respaldados por la CIA contra la intervención del Ejército Rojo en Afganistán con la posterior guerra entre los grupos rivales muyajedines, el Talibán y los componentes de la Alianza del Norte. En otras palabras, la LRCI y la FT-EI están unidos en sus deseos de que nadie mire demasiado cerca dónde estaban ellos en la guerra sustituta de EE.UU. en Afganistán en ese entonces.

A diferencia de todos estos reformistas disfrazados, nosotros vitoreamos al Ejército Rojo en Afganistán y deseamos fervientemente que los comandos soviéticos acabaran con los fanáticos islámicos que lanzaban ácido a las caras de las mujeres sin velo y asesinaban a quienes se atrevían a enseñarles a jovencitas. No así Workers Power, que condenó la presencia soviética, aunque no hizo eco del grito imperialista por el retiro del Ejército Rojo. Los morenistas, predecesores de la FT-EI, apoyaron abiertamente a los muyajedines. En Francia, llamaron por que el Ejército Rojo saliera de Afganistán y dejara sus armas a las guerrillas islámicas anticomunistas. En Italia, ¡el grupo morenista esperaba ansioso “la posibilidad de extender la revolución iraní dentro de las fronteras de la URSS” (Avanzata Proletaria, 12 de enero de 1980)!

De hecho, la LTS-CC publicó acríticamente en Estrategia Obrera No. 21 una foto de una protesta dominada por musulmanes con una pancarta en inglés que lee: “EE.UU. también será destruido como Rusia.” Dejando de lado el hecho de que la burocracia soviética decidió traicioneramente retirar a las tropas soviéticas de Afganistán como una medida reaccionaria para apaciguar a los imperialistas, y no porque las magras fuerzas de los muyajedines hayan derrotado al Ejército Rojo, la LTS-CC muestra su anticomunismo y la vacuidad de su supuesto “antiimperialismo” al poner un signo de igual entre el Ejército Rojo soviético y los bombardeos imperialistas estadounidenses. El mandelista Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) es aún más explícito a este respecto. En su revista Desde los Cuatro Puntos, No. 34 (octubre de 2001), escribe que “la guerra agravará la sangría que este país ha sufrido desde la agresión soviética en 1979”.

Como una cubierta izquierdista a su oposición a la presencia militar soviética, Workers Power y los morenistas, en ese entonces, inventaron un proletariado afgano como una “fuerza revolucionaria” independiente. La declaración conjunta de la LRCI y la FT-EI levanta la demanda por un “gobierno de obreros y campesinos” en Afganistán, donde no hay obreros y no muchos campesinos. Esta idiotez encuentra eco en el GI en su llamado por “revolución socialista” en Afganistán. Sólo fue a través de la intervención de la Unión Soviética que se abrió la posibilidad de traer a los pueblos afganos al siglo XX. Por eso fue que nosotros levantamos el llamado, “¡Extender las conquistas sociales de la Revolución de Octubre a los pueblos afganos!” Hoy, la revolución social puede llegar a Afganistán sólo mediante derrocamientos socialistas en aquellos países en el área con concentraciones proletarias significativas, desde Irán hasta Pakistán y la India. Es central para una perspectiva revolucionaria en tales países la lucha en contra de la subyugación ancestral de las mujeres. De hecho, el conflicto afgano en los años ochenta fue la única guerra en la historia moderna luchada centralmente sobre la condición de la mujer.

En realidad, al GI le importa poco el proletariado, ya sea en los EE.UU. o en el “Tercer Mundo”. En vez de eso, el GI vende sus mercancías a una variedad de audiencias nacionalistas pequeñoburguesas. En su declaración más reciente en internet, el GI gimotea que la LCI “se presenta como el luchador de vanguardia en contra del fundamentalismo islámico”. Su desprecio por nuestra total oposición a la reacción islámica es un rechazo tácito de nuestro llamado por una victoria del Ejército Rojo contra los mulás en Afganistán en los 80 (por el que el GI finge estar). También es una nota promisoria a los nacionalistas de los lugares del planeta en donde el islam domina, en nombre de un “frente único” contra el imperialismo estadounidense, para abjurar la lucha por el poder proletario en esos países. Es, en su forma embrionaria, un abandono de la teoría de la revolución permanente de Trotsky, que sostiene que el proletariado en los países atrasados es la única fuerza capaz de dirigir la lucha por la justicia social y nacional. Como enfatizó Trotsky, sólo la revolución proletaria puede romper el yugo imperialista sobre esos países y, con su extensión a los países capitalistas avanzados, terminar con el imperialismo para siempre.

El crecimiento del fundamentalismo islámico y de otras religiones en los países atrasados es una medida de la bancarrota de los regímenes nacionalistas burgueses después de la independencia, que implementan los dictados hambreadores imperialistas mientras promueven ellos mismos el atraso obscurantista. Pongamos, como ejemplo, a la India predominantemente hindú, donde el sistema de castas y prácticas tan terribles como el sutte (la quema de viudas) florecen después de más de cinco décadas de “democracia”. El peso del atraso social es evidente en todos los aspectos de la sociedad. Unos 70 millones de indios sufren de bocio y 200 millones están en riesgo de deficiencia de yodo, que es, de todas, la causa más prevenible del retraso mental. La sal yodatada es un medio barato y disponible para combatir esos desórdenes médicos. Sin embargo, en la secuela del clamor por parte de los productores de sal a pequeña escala, los gandhianos y los grupos fascistas atados al BJP gobernante, el año pasado el primer ministro chovinista hindú, Atal Behari Vajpayee, eliminó una prohibición sobre la venta de sal no yodatada.

¡Por la revolución socialista mundial!

En Europa, no menos que en Estados Unidos, la clase obrera ha sido sometida a un continuo ataque contra los empleos, los salarios y las prestaciones. En gran medida estos ataques han sido llevados a cabo por los gobiernos dirigidos por partidos socialdemócratas. Además de la huelga de los COBAS convocada en Italia contra la guerra, hay evidencia del descontento popular a lo largo de Europa. A finales de octubre, el gigantesco sindicato IG Metall en Alemania llamó por un alto a los bombardeos, sólo para ser reprendido por “su” canciller socialdemócrata, Gerhard Schröder, que sermoneó: “Ocúpense de las condiciones de vida de sus miembros, pero mantengan los dedos fuera de la política exterior, porque no entienden nada de ella” (Spiegel Online, 31 de octubre). Un portavoz de IG Metall respondió: “No vamos a permitir siquiera a Schröder que nos calle.”

Aunque los trabajadores a lo largo de Europa sin duda tienen sospechas de que la guerra de Afganistán puede redundar en detrimento suyo, los líderes sindicales también buscan darle voz a los intereses de sus propias burguesías a través de la apelación al antiamericanismo. De ese modo, el vicepresidente de IG Metall advierte en contra de “seguir ciegamente las órdenes de Estados Unidos”. Tal nacionalismo antiestadounidense también es promovido por centristas como la LRCI, cuya retórica que puede sonar ocasionalmente izquierdista es tan sólo una cubierta que sirve para reforzar las ilusiones de la clase obrera en los lugartenientes obreros socialdemócratas del capital. Sólo el compromiso leninista de sacar a los falsos dirigentes socialchovinistas del movimiento obrero, de separar a las masas de los trabajadores de los socialdemócratas que los traicionan, puede preparar el camino para los derrocamientos socialistas largamente atrasados y cada vez más urgentes que son necesarios en Europa y otras partes.

Mientras que en EE.UU. la clase obrera permanece ampliamente en apoyo de la guerra, están comenzando a aparecer rasgaduras en la tela chovinista de la “unidad nacional”. Para muchos trabajadores postales que se enfrentan a la amenaza de una infección de ántrax potencialmente mortífera, Osama bin Laden probablemente aparece como un enemigo menor que sus propios patrones. El arresto de cuatro representantes del sindicato de bomberos después de una manifestación cerca de las ruinas del World Trade Center justamente será tomado como una advertencia por muchos obreros de que los patrones aplastarán cualquier manifestación de descontento obrero. Comenzando con las huelgas del mes pasado de los trabajadores estatales de Minnesota y en tres plantas de tanques de General Dynamics, es evidente que muchos trabajadores resienten las pérdidas en sus estándares de vida sostenidos durante la expansión económica de los últimos nueve años y están consternados por la posibilidad de más pérdidas —incluyendo la pérdida de cheque de pago alguno— como resultado de la recesión y el esfuerzo de guerra. El plan de los Republicanos para otorgarle aún más exenciones masivas de impuestos a los ricos sin duda añadirá leña a estos resentimientos que arden lentamente.

La columnista negra Mary Mitchell capturó parte de la desconfianza de la población negra hacia la “guerra contra el terrorismo” del gobierno cuando escribió en el Sun-Times de Chicago (9 de octubre): “Cuando la población negra piensa en terroristas, no piensa inme- diatamente en el Talibán o en Osama bin Laden. Piensa en el Ku Klux Klan, la Nación Aria, los esclavistas sureños.” Mitchell prosiguió para quejarse de que el mismo gobier-no que tasajeó los servicios de salud y bienestar social ahora está arrojando “millones de dólares en comida a las bocas de un pueblo que vive en el país dirigido por un enemigo jurado”. Tales prejuicios antiextranjeros tienen su reflejo en casa en el chovinismo antiinmigrante, que es atizado por gente como los Demócratas negros y la Nación del Islam de Farrakhan, que buscan canalizar el enojo de los pobres de los ghettos hacia el odio hacia comerciantes inmigrantes árabes, coreanos y otros. Esto es veneno mortal que sólo sirve para los esquemas de “divide y vencerás” de la burguesía estadounidense, cuyo dominio tiene como premisa fundamental la subyugación de la población negra en el fondo de la sociedad. Mientras que los Republicanos refuerzan desvergonzadamente los intereses de las grandes empresas, los Demócratas mienten y hacen lo mismo.

El régimen estalinista de Beijing también se ha alineado tras la nueva cruzada de Washington, y el dirigente chino Jiang Zemin abrazó a Bush cuando llegó a Shangai para una cumbre de Cooperación Económica de Asia Pacífico en octubre. Esto viene sólo unos meses después de que la provocación del avión espía estadounidense en el Mar del Sur de China subrayara la hostilidad incesante del imperia- lismo de EE.UU. hacia el estado obrero deformado chino. La burocracia de Beijing piensa que puede hacer tratos con los imperialistas, pero éstos están decididos a abrir a China a la explotación capitalista irrestricta y nunca se reconciliarán con la existencia de un estado donde el capitalismo haya sido derrocado. Las criminales traiciones de la burocracia de Beijing sirven sólo para minar la defensa del estado obrero deformado chino. Luchamos por la defensa militar incondicional de China contra el ataque imperialista y la contrarrevolución interna. La clave para defender las conquistas de la Revolución China de 1949 es la construcción de un partido trotskista que dirija a la combativa clase obrera china en una revolución política que eche a la burocracia nacionalista y la remplace con un régimen basado en la democracia obrera y el internacionalismo revolucionario.

Nuestra tarea en México es construir un partido obrero, internacionalista y revolucionario, sección de una Cuarta Internacional reforjada, que dirigirá al proletariado al derrocamiento del orden capitalista mexicano, la expropiación de la burguesía como clase y el establecimiento de una economía socialista planificada, como parte de la revolución socialista mundial, luchando en particular por la solidaridad revolucionaria con el poderoso proletariado multirracial estadounidense.

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